29 octubre 2014

Colorina...

En la avenida Andrés Sabella (ésa que en otros tiempos conocimos como Miramar), hay dos letreros Ceda el paso, contiguos, en el cruce con dos calles que tienen doble sentido de tránsito. Son calles con fuerte pendiente, que parecen descolgarse del cerro, hasta perderse en el centro de la ciudad, allá más abajo de las vías del tren.
En una de esas calles (no me pregunten su nombre), aquella en cuya esquina está la Parroquia de Lourdes, apareció hace un tiempo -¿un par de años?- un hombre, un individuo desaseado y zarrapastroso que, esperando recibir algunas monedas, advertía a los conductores si podían pasar o no. La visibilidad no es buena en ese cruce.
El negocio no ha de haber sido tan malo, pues permanece allí desde entonces, cumpliendo a diario con su autodesignada labor. Invariable en su aspecto, salvo en el uso de un seboso chaleco reflectante (a juego con el resto de su indumentaria), terminó haciéndose parte del paisaje, como suele suceder con estos -y otros- pintorescos personajes urbanos...
Un día, hará unos meses, que bien podrían sumar un año -¿quién sabe?- apareció en su puesto de trabajo como siempre, mas esta vez no solo. En la esquina de la Parroquia, sentada en un escalón, le esperaba (¿le acompañaba?) una mujer. Chascona y astrosa, tanto o más que él. No podría decir si sucia, dado lo curtido de su piel y lo poco que puede uno apreciar, desde detrás de un volante.
En más de una ocasión lo ví abandonar su labor, para sentarse un rato junto a ella. Pensaba entonces que, al parecer, algún efecto positivo tenía en la generosidad de los conductores el verlo con pareja, ya que podía tomarse el lujo de descansar. A mí, al menos, me motivaba más el darle unas monedas, sabedor de lo que significa para un hombre el tener una mujer, en términos pecunarios.

La última vez que lo ví, hace unos días, tan sucio y desastrado como siempre, no pude evitar sonreír, porque allí estaba, sentado en el mismo escalón, pero no tenía ya al lado a una mujer, sino que ¡tenía dos!.
Y por no dejar -ya que estamos en ésas- la nueva era colorina... desaliñada, gastada por la vida y con melena de león, pero legitimamente colorina...

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27 octubre 2014

Decía...




 
 
Era evangélica, decía,
como lo era su madre,
como lo era su abuela.
Y era por eso que usaba
su hermoso y negro cabello
tan largo como su falda.

La blusa, siempre bien abotonada
hasta la base misma de su cuello,
con el mismo celo que la falda,
de amplios pliegues y tela pesada
la suavidad y blancura de su piel
a los ojos de los profanos ocultaba.

Era evangélica, decía,
como lo era su madre,
como lo era su abuela.
Y por eso con ellas iba
cada sábado al Templo
y cada día de la semana.

Por la calle caminaba discreta
siempre con la vista baja,
que a ningún hombre miraba,
y aún si los veía agrupados,
ociosos, en la siguiente esquina,
cruzaba sin dudarlo, y los evitaba

Era evangélica, decía,
como lo era su madre,
como lo era su abuela.
mas, cuando ellas dormían
escapaba por la ventana
y a mis brazos se entregaba.

Nunca olvidé su dulce aroma
como no olvidé su pelo negro
tanto o más largo que su falda
como no olvidé la calidez de su boca
como no podría nunca olvidar
la suavidad y tibieza de su espalda.

Era evangélica, decía,
como lo era su madre,
como lo era su abuela.
mas cuando estaba conmigo
(¿seré condenado por ello?)
completamente lo olvidaba.

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18 octubre 2014

La flaca.

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Siempre estaba en la misma esquina,
junto al semáforo del Líder.
Flaca como para ser la envidia de muchas,
pero con tales pesares reflejados en el rostro .
como para no serlo de ninguna.
Inventaba una sonrisa (no se cómo)
cada vez que me ofrecía una limpieza de parabrisas.
Nunca acepté que otros lo hicieran,
pero a esa mujer flaca,
cuyos profundamente tristes ojos desmentían,
arteramente, la sonrisa que me regalaba,
no podía decirle que no.
Y aunque sus ojos tristes
(tan tristes)
herían mi alma,
no puedo negar que los míos la buscan
-todavía-
cada vez que paso por ahí...

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04 octubre 2014

Paseo del mar




Ha cambiado, el Paseo del Mar. 
Después de treinta años, ¿cómo esperar que siga igual que entonces? 
Pero, aunque ha cambiado, todavía voy allí a buscarte.
(A buscar lo único que me resta de tí: tu recuerdo). 

Porque, ¿en qué mejor lugar podría encontrarte? 
¿En qué mejor lugar que aquél en que te adueñaste de mi boca, 
que aquél en que mis manos reconocieron hasta la última curva de tu cuerpo?
Te busco allí, frente al mar, en mis noches solitarias, 
mientras el viento frío trae a mis oídos, 
como en un susurro, 
el eco de tu falsa promesa... 


[Este es un cuento de 100 palabras, que presenté a un concurso que tiene esa condición. No obtuve nada, pero me alegra que a quienes lo han leído les ha gustado. Lo más difícil para mí fue ajustarme a tan pocas palabras...]