29 enero 2012

Gajes del oficio...


No me gusta quedarme sólo con la vista clásica de las cosas. En este caso, de un edificio. Siempre busco otro ángulo, algo que sea diferente.

Y ahí estaba, en Tacna, buscando otro ángulo a la Catedral de esa ciudad.


Y otro ángulo. Trataba de que se apreciaran las escaleras de madera del interior de la torre.


Y para tomar esta última foto, me acerqué bastante a la muralla de la iglesia. Mucho. Entonces, mientras trataba de lograr lo que quería, sentí en mis piernas (llevaba pantalón bermudas, que el calor es insoportable) algo así como una suave caricia, algo que me rozaba ligeramente. Seguí en lo mío, sin prestar atención a eso, que al cabo, se asemejaba a cuando un gato te pasa la cola por las piernas, descuidadamente. 
Y no iba a dejar de tomar mi foto por un gato cualquiera.

Tomada la foto, y puesto que persistía esa rara sensación en mis piernas, miré que era.

Y dí un salto de un metro!!

Sin darme cuenta, me había parado junto a un panal de abejas, y eran sus alas al pasar volando entre mis peludas piernas, lo que yo sentía...

video


Gajes del oficio, cualquier fotógrafo lo diría...

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27 enero 2012

Con dientes y orejas


Sobrino de cuatro años, bajándose de mi auto:
- Papá, no me gusta que tengas una moto, ¿por qué no te compras un auto?

Papá (con tono complaciente):
- Bueno, después me compraré un auto.

- Sobrino:
- Pero yo quiero un auto con dientes y orejas...

Papá (con tono suave):
- No, hijo, los autos no tienen dientes y orejas.

Sobrino (porfiando)
- Sí, papá, sí tienen...

Papá (con tono severo):
- No, los autos no tienen eso, no son animales.

Sobrino (sigue porfiando):
- Sí papá, si tienen, yo quiero un auto con dientes y orejas.

Papá (molesto):
- Ya basta, te digo que no hay autos así!

Hermano del niño (de 7 años):
- Sí papá, si hay, yo los he visto.

Papá (más molesto):
- No te metas, para qué le dices eso a tu hermano, cuando sabes que no hay autos con dientes y orejas.

Hermano:
- Pero si hay, papá, si hay. Son amarillos y tienen dientes y orejas y ojos...

Antes que el papá alcanzara a decir algo más, nos miramos, lo pensamos unos segundos, y dijimos:

- Sí, sí hay autos con dientes y orejas, y son amarillos...




(Claro, su papá es cubano, y no había  visto nunca semejante cosa)

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26 enero 2012

"El cielo es azul, la tierra blanca"


Generalmente, yo no hablo de libros, ni de los que leo ni de otros.
Una sola vez -creo- he hablado de uno en este blog, y no fue netamente sobre el libro, sino sobre el cómo me sentía por no poder leer aún el final (Juego de Tronos).

Algo parecido me hace ahora escribir sobre un libro que leí hace poco.

El día antes de mi viaje, no sé bien cómo fue que me encontré con "El cielo es azul, la tierra blanca", de Hiromi Kawakami, una escritora japonesa (el título original japonés es "El maletín del maestro", no sé por qué le cambiaron el nombre). Sin ni siquiera mirarlo, lo convertí a txt y lo cargué en un celular que uso sólo para leer, junto con otros 3 o 4 libros de diversos autores.

En el viaje, después de intentar leer los demás, sin resultados, terminé empezando éste.

Y me gustó. No podría definir el por qué. No tiene acción, ni suspenso. No es un libro de ésos que te atrapan y no puedes soltar, como me pasó con Juego de Tronos, que me leí los cinco de corrido. Sin embargo, me interesó igual, y aproveché las largas horas de viaje entre una ciudad y otra para leerlo, casi sin pausa.

Terminé de leerlo, y me dejó muy contento. Me gustó la historia y los personajes. Y lo dejé guardado, pensando en que volvería a leerlo nuevamente, como hace uno con los libros que le han gustado

Sin embargo, hoy me encontré con el libro en el escritorio del notebook, y al verlo tuve la estúpida idea de buscar en internet algún comentario, o crítica. Digo estúpida idea, porque lo primero que leí decía que era un buen libro, pero que era una "historia sórdida", cuyos personajes eran "personas marginales", y  cosas como ésas. No quise ver nada más.

Y me quedé preguntándome cómo es que alguien puede ver de esa forma una historia que yo veo tan diferente...

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23 enero 2012

Ella se rió de mí...

Conocí en Ecuador a una linda chica, a la que difícilmente voy a olvidar, pues se rió de mí.
Sí, por cierto, se rió, mucho y de buena gana.
Y fue así:

Caminábamos con mi negrita por el Malecón,  un lindo paseo a orillas del río Guayas, en Guayaquil, y hacía mucho calor, pese a que no hacía ni media hora que había dejado de llover.
Providencialmente, apareció ante nosotros un puesto de venta de helados.
Nos acercamos, y los helados para ambos costaban 3.60 dólares.
Ajá, pensé yo. Esta es la oportunidad de deshacerme de todas esas monedas que tengo en el bolsillo. Eran seis, de distintos valores, y sumaban exactamente los 60 centavos.
De modo que le pagué a la chica con un billete de 5 y las monedas en cuestión, diciéndole -muy ufano- que al fin iban a dejar de molestarme en el bolsillo.

Ella apretó botones en la caja registradora, se abrió la gaveta, miró adentro y sonriendo me dijo:

-Creo que no va a poder deshacerse de ellas...

- ¿Por qué no?, inquirí, sorprendido.

- Pues porque tengo que darle 2 dólares de vuelto, y no tengo sino monedas de 10 centavos, me dijo pícaramente, en tanto me pasaba no sólo mis seis monedas, sino que también otras catorce más !!!

Y tanto ella como mi cara mitad se rieron de mí...


Y siguió riéndose mientras servía los helados, y también cuando me los entregó.



(Le dije que para desquitarme iba a ponerla en mi blog. 
Y lo he cumplido. El que avisa no traiciona, dicen...)

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12 enero 2012

Vacaciones...


Cuando se publique esto, ya nos habremos ido de vacaciones.
Y, como han sido la mayoría de nuestras vacaciones, éstas son libradas a la aventura.
(Con mayor razón ahora que ya no tenemos un hijo pre-adolescente de quien cuidar).
Con un cierto rumbo y un supuesto destino, pero con la plena libertad de cambiar de planes en cualquier momento. Como ocurrió la última vez, que planeamos ir al noroeste argentino, y terminamos con la ropa empapada en las Cataratas del Iguazú.
Es un punto a favor del viajar por tierra y sin planes, que puedes cambiar de idea en el camino.

Veremos a donde nos lleva el azar, y veremos cómo nos trae de regreso (si nos trae, que hemos pasado cada  aventura...).

No creo que llegue a postear algo. Tampoco comentar en otros blogs. Un viaje así, sin planes, no da para llevar notebook, y no soy muy de usar computadores de Cibercafés, donde los haya.

Seguro, eso sí, que al volver tendré algo que contar.



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08 enero 2012

Sueño de una -muy, muy calurosa- noche de verano

Escribí un cuento nuevo.
Bastante extraño.
La única excusa para haberlo escrito es que se me vino a la mente,
tal cual,
durante las horas de insomnio 
de una húmeda, pegajosa, calurosísima, noche de verano...



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06 enero 2012

No es lo mismo

Me doy cuenta que el post anterior era medio deprimente. Tal vez éste resulte mejor, pues aunque es sobre el mismo tema, y tan verídico como su antecesor, deja un mejor sabor de boca. (Por cierto, este caso lo presencié antes del otro).



(No era ésta, por cierto, pero juro que podría haber sido su hermana...)

Era una mujer estupenda, de proporciones estatuarias.
Alta, hermosa.
Y negra, por añadidura (eso no importa, pero ¿cómo no mencionarlo?).

Llevaba con gracia (y facilidad) un carro de supermercado casi lleno.
A su lado iba un niño, de unos 4 años.
Un paso más atrás, su pareja.
Un hombre de unos 40, algo grueso (no era bajo, pero junto a ella lo parece).
Por su aspecto, probablemente alguien que trabaja en una minera. Un ingeniero, un supervisor, alguien así.

Ella -de pronto- enfila el carro hacia el sector donde se exhibe la ropa. -venden de un todo en ese supermercado-.
El hombre (¿su marido?) le dice, cortante:

¿Dónde vas? ¡No vas a ponerte a mirar ropa!

Ella se detiene, lo mira por sobre el hombro, gira empujando el carro, como si fuese a tomar otro rumbo, pero queda de frente a él. Lo mira nuevamente, a la cara, y le lanza el carro con fuerza, de modo que él, sorprendido, se ve obligado a detenerlo para que no lo golpee.

Ella, tranquilamente y sin decir palabra, se va a ver ropa, como si no hubiera en el mundo otra cosa más importante que hacer.

-.-

Creo que -hasta ese momento- el muy torpe no se había dado cuenta de que su mujer no era chilena.

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05 enero 2012

De todos los días


La mujer tomó un par de cosas, y las puso en el carro de compras.
Luego, miró la amplia vitrina que exhibía las cecinas, y tomó un display que contenía jamón.
Y lo ponía también en el carro, cuando su marido se le acercó,
miró lo que tenía en la mano, y le preguntó:

- ¿Qué llevas para el té?

- Paté de ternera y queso -respondió ella.

- ¿Y eso? le preguntó entonces, señalando lo que tenía en la mano.

- Ah, jamón.

- ¿Y para qué?! A mí no me gusta, y a los niños, tampoco. A nadie le gusta ¿Para qué compras eso?

Ella lo miró, miró el jamón en su mano, volvió a mirarlo a él, y tirándolo dentro del carro, le dijo con voz helada:

- Porque a mí me gusta...


(Él y los niños... el resto no cuenta. Hay cada egoísta suelto...)

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