30 diciembre 2012

Me va a doler... pero no importa



Me va a doler, lo sé.

Me dolerán esta noche todos mis no tan viejos huesos.
Y probablemente me dolerá mañana cada paso que dé.
Pero no importa, esta noche.
Y no importará, mañana.

No importa, ni importará, porque valió la pena,
Hacía mucho tiempo que no iba a una playa.
Aunque toda la ciudad se extiende junto al mar,
y en cinco minutos de conducir ya podría estar junto a su orilla,
aunque me motiva, me gusta, me tranquiliza
escuchar el ruido de las olas y
el chiar de las gaviotas,
hacía mucho tiempo que no iba a una playa.

Hoy, así de buenas a primeras, 
decidimos con mi negra ir a dar un paseo.
Y fue bueno.
Fue bueno estar ahí, 
dejar que las olas me mojaran,
ver a los chorlitos correr por la orilla de la playa,
y a las garumas hacer acrobacias sobre nuestras cabezas.

El aire marino,
el sonido del oleaje sobre las rocas,
la arena mojada bajo mis pies...

Sí, valió la pena.

[Nota ilustrativa: Mi querida enfermedad hace que no soporte la excesiva humedad...]

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21 diciembre 2012

Cerrado...

Cerrado, por lluvia.

(Si acaso, hasta que escampe).


21.12.2012

17 diciembre 2012

La curiosidad mató al gato...

 

Cuando me cambiaron a este turno de 4x3, 
debí empezar a levantarme muy temprano, cada lunes, 
para tomar el bus en una esquina, a las 6 de la mañana. 
Esto es algo así como 15 minutos antes de que éste pase, 
ya que no puede uno confiarse.

Cinco minutos más tarde, pasó por allí una pareja.
La mujer era joven, creo que de unos 28, algo rellenita. 
Vestía un buzo de trabajo 
(mono, creo que le llaman en otras latitudes), 
de color naranja. 
Es la ropa que usan quienes trabajan 
como jardineros en las plazas públicas.











El hombre era bastante mayor,
y se veía como un obrero de la construcción
(un maestro, que se les llama por estos lares), 
pero probablemente era un compañero de labores.
Conversaban animadamente mientras caminaban a su trabajo.

Esto se repitió cada lunes por varias semanas.

Un día, sin embargo, pasó solamente el hombre.
No me extrañó mayormente, porque -al fin y a cabo-
podía haber una docena de razones 
para que ella no asistiera a su trabajo.

Sin embargo, cuando ya había llegado mi bus
y prácticamente tenía un pie arriba, pasó ella calle abajo.
se habrá retrasado, supuse.

A la semana siguiente,
nuevamente pasó el hombre solo. 
Cinco minutos más tarde, ella.

Siguiente lunes. Él. 2 minutos después, ella.

Hoy.
Pasó él. 
A media cuadra de distancia, ella.



Y, claro,
como no tengo nada en que pensar, 
y nadie por quién preocuparme, 
ahora no puedo dejar de pensar en qué terminará esta historia...   ¬¬

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15 diciembre 2012

Regalo comprado...

Cuando pido consejos, los tomo en cuenta. Que no se diga lo contrario.


Encontrando valiosas las dos opciones, tomé la salomónica decisión de comprar dos regalos, en lugar de uno.

Había pensado comprarle una muñeca Barbie, pero habría sido (por presupuesto) una Barbie simple, sola dentro de su caja.
De modo que preferí comprarle una casi-Barbie, que incluye 4 vestidos (toda chica necesita un guerdarropas, ¿no?), más accesorios y más algunos accesorios para la dueña (unos aritos, brillo labial, etc). Espero que le guste.


Y también le compré un Diario de vida de Princesas Disney, que incluye un coqueto lápiz que sirve como llave electrónica.

Pienso que así hay más posibilidades de que quede contenta con lo recibido.

Gracias por la ayuda.  :)

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11 diciembre 2012

Mujeres... siempre sorprendentes.



Desde pequeño me gustó la naturaleza, y plantas y animales me atraían mucho. No es de extrañar, pues, que la primera vez que ví un acuario me quedara con la cara y las manos pegadas a él.
Muchos años más tarde, llegué a tener acuarios y peces, y aprendí mucho sobre el tema, hasta llegar a escribir sobre una especie de ellos. Pero los peces requieren de cosas que ya no tengo, como tiempo y paciencia, de modo que los dejé hace bastante tiempo.
Sin embargo, no puedo evitar cierta nostalgia cuando paso frente a una tienda y veo los acuarios llenos de peces, de modo que cuando tengo tiempo entro a mirar a un rato, y a conversar del tema si se dá la ocasión.
Así fue que hace unos días me encontré -en una calle que no suelo transitar- con una tienda que no conocía, y no pude menos que entrar a ver qué novedades había.

No era la gran cosa, sólo los peces más comunes. Pero mientras miraba, escuché al dependiente hablar con una cliente, y no me gustó mucho lo que le decía. Siempre hay que desconfiar un poco de los vendedores, por cierto, vendan lo que vendan (lo digo yo, que lo he sido). Esperé hasta que dejaron de hablar, cuando él se alejó, le comenté a ella que las cosas no eran tan así como le habían dicho. Terminamos conversando sobre sus peces, y me contó algo que en otro tiempo me habría alterado: ella lavaba -cada semana- el acuario completo, cada piedra, cada adorno, hasta dejarlo resplandeciente. Los peces los tomaba con sus manos y los retiraba para hacer la limpieza, nada de usar mallas o cosa parecida.
Como decía, en algún momento en el pasado eso me habría escandalizado, pues esas prácticas matan toda la fauna bacteriana necesaria para que haya un equilibrio en el acuario, pero he aprendido que los peces, si se les acostumbra, pueden vivir y crecer así (aunque tengan que olvidarse de tener un acuario con plantas y otros animales), y he aprendido también que hay mujeres a las que no se les puede quitar la costumbre de lavarlo y fregarlo todo los fines de semana, y que fregarían con cloro hasta al marido si pudieran atraparlo (algo sé de eso), así es que no cabía tratar de convencerla que eso no se debe hacer.
Sin embargo, algo habrá notado en mi cara, porque se sintió obligada a decirme que tenía los peces hacía mucho tiempo, y que no se le había muerto ni uno hasta entonces, ni siquera el escalar. Y si un escalar, con lo delicado que es, podía sobrevivir a eso, bueno, con mayor razón los demás peces que ella tenía, pensé.


Con eso, ya daba yo por terminada la conversación, pero al parecer ella no pensaba lo mismo, porque me empezó a contar de sus otras mascotas. Me habló de sus conejos, que andaban por todo su departamento, y eso me trajo a la memoria los conejos que yo tuve de adolescente, que eran dóciles como perritos (y no ladran) y más limpios que un gato, pues jamás ensuciaron la casa (ni arañaron los muebles). Y mientras yo estaba en mis añoranzas, me dijo que, como ella no soportaba malos olores, pues bañaba también a los conejos.
¿Baña los conejos? (eso ya era un poco irregular). Sí, y baño tambiéna mis cobayos... ¿bañas también a tus cobayos todas las semanas? le pregunté, pasando al tuteo de la pura sorpresa. Sí, me dijo, y da gusto ver cómo se ponen bajo la llave del agua al bañarse, para que el agua les corra por el lomo. Aunque a veces se me esconden cuando les toca el turno, no lo puedo negar, agregó.

Pero cuando realmente me dejó sin habla, fué cuando me contó que también bañaba ¡a sus hamster!... (es que se supone que no se deben mojar...)

Después de eso, consideré conveniente despedirme (no fuera cosa que llevara un jabón y un cepillo en la cartera...).
 

 Cuando yo ya creía que -después de 51 años de conocerlas- las mujeres ya no podían sorprenderme, esta joven "bañadora compulsiva" echó por tierrra esa idea en menos de 10 minutos...
  
 .

05 diciembre 2012

Noche sangrienta...



La noche recién comenzaba, pero en los amplios y oscuros pasillos de la clinica ya reinaba el silencio.

El único ruido se debía al murmullo lejano de un televisor encendido, en alguna de las salas cercanas.

Por eso, el grito -de por sí escalofriante y desgarrador- pareció aún más terrible:

- "Nooooo, no me maten, por favoooorr, no me mateeeen..."

Como si no bastara con esas terroríficas palabras, los gritos se hacían más espeluznantes por el hecho de provenir de un niño pequeño.

- "No me saquen mi sangre, no me la saquen, que me voy a morir..."

Los pacientes de las salas contiguas prestaron atención, alarmados, en sus camas. ¿cómo no estarlo, ante esa voz que gritaba aterrorizada?

En la sala de la que salían las voces había, además del pequeño que gritaba, 3 mujeres. Rodeaban la camilla sobre la que estaba, y mientras dos de ellas lo  sostenían firmemente, la tercera -para espanto del niño-  insertaba lentamente y con cuidado, una aguja en su pequeña vena.

Ante su desespero, una de ellas -la mamá- intentaba explicarle que era sólo un poquito de sangre, apenas un poquito para un examen, y que no iba a morirse por eso, que no le pasaría nada, pero esas palabras no lograban tranquilizarlo.

No se convenció de estar a salvo sino hasta que hubieron terminado y aún seguía vivo...
¿Acaso no sabe todo el mundo que si te sacan la sangre te mueres?



-.-

Dos días después, al salir de la clínica, le preguntamos cómo estaba. Él contestó, seriamente:

- Dice el doctor que tengo problemas con el "hipocampo".

- ¿Con el hipocampo?

- Sí, parece que tengo en la cabeza un caballito de mar que está malo...

(En realidad, el médico habló sobre el hipotálamo, pero el niño -de cinco años- lo asoció a una palabra por él conocida: el nombre del caballito de mar).

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02 diciembre 2012

Help, gift emergency...



Me invitaron a participar de una actividad de beneficencia, en mi trabajo.
Y a consecuencia de haber aceptado, ahora tengo que hacer un regalo a una niñita desconocida "de escasos recursos" (eufemismo estúpido usado en este país para evitar decir -lisa y llanamente- pobre).
Ahora, como mi conocimiento acerca de los gustos de una niña de 8 años (pobre o no) son bastante escasos, y considerando que yo no soy de los que compran cualquier cosa y ya, para salir del paso, ahora no sé qué hacer.
Mi negra tampoco es de mucha ayuda, porque en la familia no hay niñitas... su única sobrina tiene ya 22 años, así es que sus conocimientos en el área están un poco obsoletos.

He pensado en muchas cosas, pero al final quedo ahí, sin decidirme.
Pensé en un presupuesto de unos €20 (en nuestra moneda, of course), más menos.

¿Alguna sugerencia?
¿Todavía se usan las muñecas a los 8 años?

Está claro que me quedan pocos días...

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29 noviembre 2012

A orillas del mar




Camino,
a solas con mi soledad,
a orillas de la playa,
a orillas del mar.

Las olas golpean, ruidosas, furiosas,
los roqueríos de la costa,
las gaviotas chían,
aquella pareja se olvida del mundo
entre sus propios brazos
-no saben que existo-
y ese pescador olvidará, tal vez,
yendo tras los peces,
algo más.

Mas yo,
a orillas de la playa,
a orillas del mar,
no procuro el olvido, no,
al revés,
lo que busco es recordar.

Recordarla.
Recordar su primer hola,
recordar el primer sonido de su voz.
recordar lo que fue, alguna vez,
para mí,
lo que ya no es,
lo que no será más.

No, no busco olvidar,
a orillas de la playa,
a orillas del mar...




(Cosas viejas que uno encuentra por ahí guardadas, 
en algún rincón polvoriento del propio interior)

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26 noviembre 2012

Sólo dieciseis...


Yo me pregunto: Si a los 6 años, las mamás toman en brazos a sus hijas para cruzar la calle, y a los 10 las van a buscar y a dejar al colegio, ¿porqué creen que a los 16 ya no es necesario preocuparse por ellas?

En mi ciudad, una chica de 16 años, después de unos meses de coqueteo por facebook y mensajes telefónicos, concertó una cita en la playa con su profesor de 28 años.
Una vez allí, y al calor del encuentro, decidieron irse a un motel (él dice que ella lo llevó; ella, que fué él).
Después del sexo, ella esperaba mantener una relación. Él, tal vez consciente del error cometido, la evitó.
La chica -en venganza- le contó lo ocurrido a su profesora, y el profesor terminó preso. Para ella, no obstante,  no hubo mayores consecuencias.

Para otra chica de la misma edad, una semana después, sí las hubo. Ella salió un día a clases y volvió a su casa a la hora de siempre, con su uniforme. Pero en el colegio no estuvo.
Volvió a hacer lo mismo el martes y el miércoles, y regresó a casa a la hora habitual.
Hizo lo mismo el jueves.
Y no volvió.
La encontraron muerta, estrangulada, en una playa.
Nadie sabe con quién pasó esos días, ni qué hizo.
Las únicas pistas que la policía tiene las encontró en su teléfono y en su facebook.
Su madre se arrepentirá todos los días de su vida por no haber revisado nunca qué es lo que hacía y decía en esa red social.



Yo no entiendo porqué hay padres y madres que creen que querer saber lo que sus hijas hacen está mal.
¿Por qué creen que sabrán tomar la mejor decisión siempre?
¿Por qué creen que dejarlas solas frente a internet a los 16, será menos peligroso que dejarlas cruzar la calle libremente a los 6 años?

En un caso que leí hace tiempo, una madre se enteró -revisando el blog de su hija- que ella se cortaba los brazos periódicamente. Nunca la había visto con los brazos descubiertos, a su hija adolescente. Llevaba meses cortándose, y no lo sabía. De las bulímicas o anoréxicas, para qué hablar.


Yo no tuve una hija, y quizá haya sido mejor así, porque a mí -ciertamente- no me habría importado perder su amistad -o su cariño- a cambio de saber lo que hacía, siempre. Demasiado he vivido, y demasiado he visto, como para correr riesgos sólo para que no se enojara.

La típica frase adolescente ¿es que acaso no confías en tu propia hija? ha causado incontables lágrimas...

23 noviembre 2012

¿Qué se ha creído...?




Diálogo en la oficina:

Yo: ¿Y a qué hora empiezas a trabajar? Eso debe estar listo a mediodía...
(a una chica, más cercana a los 30 que a los 20, que ha perdido ya media mañana entre las noticias, youtube, su correo y facebook)

Ella: ¿Qué? Pero si ese trabajo yo lo hago en 5 minutos. ¿Qué se ha creído?
       Por si no lo sabe, yo soy algo más que una cara bonita y un cuerpo casi perfecto...

Yo:  0_o


(¿Qué se puede responder a eso?)

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05 noviembre 2012

Una triste mirada...




Conducía aquella tarde ajeno a todo, con la paz que solo puede sentir un hombre al enfrentar una solitaria avenida, detrás de un volante.

Al llegar a un cruce, dos autos había ya esperando la luz verde.
En el más cercano, una joven mujer miraba fijamente hacia el frente, como si nada fuera más importante que el vehículo que la antecedía.
La verdad es que lo que hacia era pretender que no veía a la pequeña niña que estaba de pie junto a su ventanilla, intentando llamar su atención.

Era una gitanilla.

Una gitanilla que -con persistencia impropia de su edad-, permanecía junto a ella, mirándola con tanta firmeza como la que la joven usaba para mirar hacia adelante.

Unos segundos después de mi llegada, sin embargo, dejó la causa por perdida, tal vez pensando que podría tener más suerte conmigo, y se acercó a mi.

Soy un hombre que ha visto, y vivido, mucho.
De modo que no me impresionó la enorme parka que la cubría, al menos tres tallas mas grande, ni la larga y raída falda que bajo ella asomaba y se extendía hasta sus pies.

No me impresionaron los piececillos desnudos, anchos por la permanente falta de zapatos, que la acercaban a mí por sobre el caliente pavimento.

Tampoco lo hizo la suciedad de su mal trenzado cabello, ni la mugre que se disputaba su cara con las marcas dejadas por alguna enfermedad.

Nada de eso pudo impresionarme.

Pero si lo hicieron sus ojos.

Sus ojos, de un pálido verde, que reflejaban mucho más que la mirada de una niña. Era una mirada profunda, triste, vieja.

Me perturbaron, esos ojos.

Me hicieron sentir mal.

Y aunque sabía que si estaba allí pidiendo era sólo porque alguien la mandaba a hacerlo, decidí darle unas monedas.

 Al buscarlas en mi bolsillo, encontré además de ellas otra cosa: unas cuantas pastillas azucaradas. (Sí, pastillas, de ésas que mi madre insiste en darme cada vez que voy a su habitación, como si aún fuese un niño).

Bajé la ventanilla, y su manito- aún más sucia que su cara- se extendió hacia mí.

Puse en ella las monedas, y también las pastillas.

Cerró la gitanilla su mano, rápidamente, pero en su frente se hizo una ligera arruga de extrañeza, al notar que había algo más que monedas en ella.

Miró entonces lo que había recibido, y como por arte de magia, sus ojos cambiaron, su rostro se iluminó, una sonrisa asomó a sus labios y volvió a ser una niña otra vez.
Un gracias con extraño acento pero lleno de alegría brotó de su boca.

Su cara alegre fue lo último que ví de ella, porque un bocinazo detrás mío me obligó a partir. La luz verde frente a mí me obligaba a irme.

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[La niña de la foto es una pequeña gitana de Macedonia. Es la más parecida que encontré, aunque la mirada de ésta todavía es de una niña]
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31 octubre 2012

Hijo de tigre



Hasta no hace mucho tiempo atrás, me preocupaba mi hijo.
No era como yo esperaba que fuese.
No se parecía a mí...

Desde que lo recuerdo, se dedicó a los juegos digitales, y al Anime.
Se convirtió en un Gamer, como les llaman ahora.
La única forma que algo le interesara, es que estuviese al otro lado de una pantalla.
Como buen gamer, se vestía de negro, y negras eran hasta las paredes de su habitación.
Las mujeres, si no eran un personaje de un juego o una serie, no existían, para él.

Creció, por cierto. Y su concepción de las mujeres -en base a lo que observaba en sus pocos amigos "no-virtuales"- cambió.
Ahora sabía que existían, pero consideraba que eran sólo "una pérdida de tiempo y dinero", los que podían invertirse en cosas más interesantes. Como el último juego del mercado, por ejemplo.

Las cuentas que sacaba eran más o menos así: 

Salir con una chica al cine

   pasajes
+ entradas
+ palomitas
+ bebidas
+ invitarla a comer algo después
+ ir a dejarla a casa 
------------------------------------------------------------
= valor de un juego nuevo.

No le cabía duda alguna respecto a qué elegir.

Tenía una amiga, muy cercana, pero era de su tipo, absolutamente gamer, y casi la única comunicación que tenían era a través de algún juego online, mientras se dedicaban a matar enemigos, y casi todo lo que hablaban eran instrucciones o recriminaciones, según como avanzara el juego.

El tiempo siguió, inexorable, su marcha, y un día empezó a trabajar de part-time en una pequeña tienda. Y mi hijo, que a sus compañeras de la universidad ni las hablaba, empezó a relacionarse -obligatoriamente- con sus compañeras de trabajo.
Lo que pude observar de él alguna vez que pasé por la tienda, más el cambio de Metallica a ritmos más suaves, y del negro de sus camisetas a otros colores más alegres, me dio algunas esperanzas.
Tal vez había algunas gotas de mi sangre en esas venas, después de todo.

El día que me habló -por primera vez en su vida- sobre una mujer (aunque se tratara de que su Jefa lo había hecho su confidente y le relataba sus problemas amorosos), me hizo pensar que definitivamente, no todo estaba perdido.  En una de ésas su Jefa lo avivaba de una...

Cuando nos dijo que tenía polola, ya me quedé un tanto más tranquilo, aunque hasta que no lo viera, no estaría seguro. Que si la polola era también gamer, no avanzábamos mucho.

Un día, hace un par de meses, llegó a casa y nos dijo (más que pedirnos permiso, que tiene ya 20 años) que ella se quedaría a dormir esa noche.

Bueno, pensé. Ahora sí parece ir por el buen camino.

Pero fue sólo al día siguiente que me convencí que tenía la piel a rayas, en el momento en que lo vi salir de su habitación, preparar desayuno (él, preparar un desayuno) y llevárselo a ella a la cama.

Ahí -por fin- respiré tranquilo. 
Mi hijo, definitivamente, se parece a mí.




Polola(o)=: En Chile, pareja, novia(o), relación sentimental que no implica un compromiso formal. Pasan a ser novios sólo si, y cuando, se comprometen a casarse.

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22 octubre 2012

`¿Cómo no saberlo?


 Mi sobrino de cinco años llegó de la escuela a casa, donde vive con su mamá y un hermano de 7, y antes de decir un hola, le soltó, con voz fuerte:

- ¡Yo soy el jefe de esta casa!

Algo picada por el tono, su mamá le preguntó:

- ¿Y por qué eres el jefe, se puede saber?

El pequeño la miró, sorprendido de que preguntara algo tan obvio,
y le respondió, con pleno convencimiento:

- Porque yo soy el más bonito...!


[Fin de la conversación, of course...]

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21 octubre 2012

Desolación, tristeza, indignación...

[Tuve que esperar todo un día, para que se me quitara un poco la pena, 
y el enojo, antes de poder escribir esto.]

Desolación.
Eso me pareció que reflejaba la cara de la mujer en esta imagen,
en la primera plana del diario de hoy.
Era una mujer gitana,
y según la bajada de la foto (la noticia no era suficientemente importante como para llevar titulares)
lloraba al enterarse de la muerte de su nieto,
un pequeño niño que no alcanzó a vivir dos años.


Tristeza.
Sentí una profunda tristeza cuando me enteré de lo ocurrido.
Esta familia gitana, que iba de paso, se vio obligada a detenerse en un poblado del desierto, un pequeño lugar que alberga unos doscientos habitantes, y que vive de servir como habitación para trabajadores de las mineras cercanas, y de proporcionar alimento y bebida a los viajeros.
Su camioneta sufrió un desperfecto, y debieron quedarse allí, armando su carpa en las afueras del pueblo, como todo gitano en cualquier ciudad donde llegan, siempre en las afueras, como indeseables. En algún momento del cuarto día de su estancia (no nos dicen cómo ni cuando), la madre del niño advirtió que no estaba en la carpa, ni fuera de ella. Lo buscaron sin resultado, de modo que dieron aviso a Carabineros (la policía).
Ellos lo encontraron, a unos ochenta metros, en un sitio eriazo, con su cuerpo destrozado por una jauría de perros, que lo atrapó cerca de su carpa y lo arrastró hasta allí, según mostraban las huellas.
Una jauría de perros vagos que se han vuelto salvajes, y campean por el desierto.

Indignación.
No puedo sentir menos que eso al ver que este tema no tiene solución.
No puede sentirse menos ante el poco feliz comentario de la Alcaldesa: "se asentaron en ese lugar sin permiso municipal", como si eso lo explicara todo. ¿Con permiso municipal los perros no le habrían hecho nada? ¿será que están a sueldo del municipio?
Sin embargo, mi indignación va en realidad hacia otras personas:
hacia los "amantes de los animales", que se oponen siempre, sistemáticamente, a la eliminación de estos perros.
Hace unos años, trabajaba yo en otra minera, donde hacía turnos nocturnos.
Una noche, apareció una jauría de perros. nadie sabía de dónde habían llegado. Asaltaban los contenedores de basura, destrozando todo en busca de comida.
Eran agresivos y no tenían ningún miedo de nosotros.
La empresa decidió tomar acciones antes de que algo ocurriera, y le pidió a los encargados de Medio Ambiente que se deshicieran de ellos.
Pero no pudo hacerse. Los defensores -"los amigos"- de los animales, se opusieron a una solución definitiva.
¿Que se hizo entonces?
Los atraparon, y se los llevaron lejos, en el desierto (¿no era eso peor que lo otro?).
Allí los soltaron.
En tres días estaban de vuelta.
Se los llevaron nuevamente, más lejos.
No volvieron.
Pero no por eso dejaron de vivir.
Se les podía ver a lo largo de la carretera, en algún cruce ferroviario, donde no pocos les arrojaban restos de comida.

Perros como ésos son lo que mataron a ese pequeño gitano.
La gente del pueblo ha hecho protestas, incluso cerrado la carretera, pidiendo que se eliminen estos animales, cosa que han pedido muchas veces a sus autoridades, pero nunca se ha hecho nada, porque siempre hay quien los defienda.
Sería cruel, dicen.

Mucho más cruel que el que esa madre tenga que enterrar un hijo tan pequeño, obviamente.


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19 octubre 2012

A shame...

Qué vergüenza...

Por Dios. que vergüenza.
¿Cómo podré decir, como decía hasta ahora, que vivo en esta ciudad,
y que en esta ciudad encontré a mi negrita?


A pesar del escándalo que causó esta noticia, no puedo evitar reírme cada vez que leo las declaraciones de esta o aquella autoridad. 
Y es que todo mundo sabe que si un negocio es floreciente se debe a la abundancia de consumidores, y vaya que si hay mercado en esta ciudad para tanta emprendedora señorita, cuyas abundantes páginas web han llevado a Google a darnos tal clasificación. 

Y lo que me da risa es que -si hemos de creer lo que dicen en tales declaraciones- nadie conocía la existencia de esas páginas...
Quién va a creerles cuando, hasta que apareció esta noticia, si ponías Antofagasta en la búsqueda de imágenes de Google, era mucho más probable encontrar dos docenas de "escorts" -de los más variados colores- que una sola foto de la plaza o las calles de la ciudad. Y eso, con el filtro en "safe search", que sin él salían hasta hombres escasamente cubiertos por una toalla...

Me da risa que, en mi país, aún sigamos creyendo que con no mencionar ciertas cosas, basta para que no existan...



(El fondo nuevo es sólo para estar a tono con la situación, of course)

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05 octubre 2012

No culpes a la noche...


No culpes a la noche, dice una canción.
Y, en realidad, aunque la noche -noche de año nuevo- aportó lo suyo, como lo hicieron la intimidad, la música, el baile y las copas de champaña, no tuvo la culpa.

Si acaso hubo un culpable, fue ella.

Fue ella porque, si bien entonces no lo advertí, al recordar lo sucedido -tiempo después- me dí cuenta de que nada había sido casualidad.
Ni el que yo estuviera ahí, 
ni el que quedáramos solos, 
ni el que bailásemos,
ni el que la música de fiesta cambiara -tras algunas canciones- en música romántica, de esa que entonces se bailaba apretados.
Nada había sido casualidad, ni siquiera el que sus padres salieran, confiados en que yo estaba  en su casa, y que como siempre había hecho con la pequeña niña, podía también esa vez cuidarla.

Todo lo había planeado.

¿Qué puedo decir?
De ninguna manera podría decir que no me gustaba, 
si era tan linda,
si sus ojitos de gata brillaban cuando me seguía con la mirada,
si su cara se veía radiante cuando se colgaba de mi brazo,
si estaba siempre atenta a mí.

Cuando la conocí, era apenas una niñita, la hermana de una compañera de escuela.
Luego nos hicimos amigos con su hermano, un año menor que yo, 
y por años, cada vez que iba a su casa, 
veía sus ojitos mirándome, casi con adoración.
Eso se volvió un día motivo de burla para sus hermanas mayores,
que le decían cosas respecto a mí, que la enojaban, cada vez que yo estaba ahí.
Así, sabía yo que le gustaba a la pequeña, pero era una pequeña, y todo resultaba una broma.

El tiempo, sin embargo, no pasa en vano,
y llegó el día en que me dí cuenta que tras esos ojos ya no había una niñita,
sino una adolescente flacucha, cuya estatura ya alcanzaba mis hombros.
Una adolescente flacucha que seguía mirándome igual que antes, y escuchando lo que yo decía, e insistiendo -como siempre había hecho- en acompañar a su hermano y a mí donde fuéramos.
Nos estorbaba, por cierto, muchas veces. Y mi amigo luchaba por dejarla en casa (¿hay algo más molesto que una hermana menor?), pero era tan bonita, y me ponía unos ojos tan tristes cuando no queríamos llevarla con nosotros, que pocas veces lográbamos que se quedara (por cierto, el gato con botas no inventó esa mirada...).

Aquél año nuevo tenía yo 17 años, y ya podía salir de mi casa y volver de madrugada, después del brindis familiar con champaña.
Fui a casa de mi amigo, a saludar a toda su familia, como se acostumbra.
Y allí estaban todos.
Lo que no he podido nunca recordar es el cómo fue que se fueron después de un rato, no sólo las hermanas, y sus padres, sino aún mi amigo.
Entiendo que sus hermanas mayores salieran, y que sus padres hayan querido hacer lo mismo, pero nunca he podido acordarme dónde se fue mi amigo, que no me llevó con él.

Y allí quedamos los dos, solos, escuchando música, y conversando.
(¿Sobre qué conversaba yo con esa chiquilla de 13 años?)

De pronto, me dijo que la canción que entonces sonaba era su favorita, y me pidió que bailáramos.
Nunca fui bueno para bailar, pero ¿qué importaba si estábamos solos y nadie nos miraba?

No sé cuántas veces bailamos, hasta que la música -que ella había preparado- cambió.
Y el tema siguiente era romántico, y suave, y yo pensé en descansar un poco, pero ella -tomándome de las manos y mirándome a los ojos- me pidió que también bailáramos esa canción.

Bailamos, si, pero ¿cómo fue que desapareció la distancia que había entre los dos? 
¿Cómo fue que sus manos llegaron a estar sobre mis hombros, y su cabeza reposó sobre mi pecho?
Creo que para entonces era ya  la segunda o la tercera canción lenta ¿o no? 

Lo único que recuerdo es que su cuerpo se sentía tibio entre mis brazos cuando alzó los ojos, esos ojos de gata, y -en la penumbra- perdió su mirada en los míos. No lo sentí entonces, pero lo entendí luego, que sus manos habían ido de mis hombros hacia mi cabeza, y la habían inclinado hacia ella. 
Se empinó para alcanzar mi boca, y me besó...

Era un beso suave, muy suave, de unos labios que se hacían más y más cálidos. No podía soltarme, estaba literalmente colgada de mí, pegada a mi boca, y ¿qué hacer? cerré los ojos y me dejé llevar.

Qué besos me dio, sacré bleu, qué besos.
(Para ese entonces yo lo había probado todo, y mis labios conocían todo el cuerpo de una mujer, pero juro que besos como los que ella me dio, no los había probado.)

Ya no necesitaba colgarse de mí, ni sujetarme para que no escapara, que si yo hubiera podido pensar en algo en ese momento, lo último que se me habría ocurrido habría sido dejarla ir. Sus besos ya no eran suaves, sino apasionados, ya no de niña, sino de una mujer.
Entre un beso y otro (que sólo besos fueron) se nos escapó la noche de las manos, y sus padres regresaron. Nos separamos, yo medio confundido, pues las luces se habían llevado todo lo vivido, en un instante. En la puerta, después de un tierno beso de despedida, me dijo que iba a esperar por mí hasta ser un poco mayor. Yo le respondí que era yo quien la esperaría, convencido que no podía ser de otra manera.

Nunca pasó nada más, sin embargo, pues a poco nos mudamos de ciudad, y no volví a verla, ni a saber de ella (no existía messenger ni facebook) hasta diez o doce años más tarde, cuando ya la vida había pasado por sobre mí, haciendo estragos conmigo, dejándome frío y vacío y robándose mis sentimientos.

Estaba rellenita y sonrosada, casada y con dos hijos. Se veía tan diferente de la delgada y pálida chiquilla que recordaba, pero sus ojos de gata eran los mismos. Brillaban como antaño cuando me hizo recordar esa noche, y había un tono travieso en su voz cuando me confesó que ella lo había preparado todo y que sí, que ésos habían sido sus primeros -e inolvidables- besos.

Yo no se lo dije, pero la verdad es que nadie me había dado besos como ésos, y aunque no fueron -por mucho- mis primeros, nunca los pude olvidar...



[Esta historia es una prueba más de porqué no se puede confiar en las mujeres, ni siquiera en las adolescentes de rostro inocente y lindos ojos...   :(  ]

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02 octubre 2012

dogs day...


todos tienen, alguna vez, un mal día
nadie se libra de eso
de acuerdo

pero, no obstante, eso no es ningún consuelo, cuando le ocurre a uno

como me ocurrió a mi hoy. un mal dia, una mala decisión, un simple y distraído click y perdí el archivo de mi correo outlook, en el trabajo. 
así, tan fácil, perdí toda la información que contenía...  
6,73 gigas de correos ( o algo así)

definitivamente hay días en que uno no debería haberse levantado. 
y debía haberme dado cuenta, porque todo amaneció al revés, tan al revés, que cuando llegue en la mañana al casino para el desayuno, estaba todo cerrado y el personal aún estaba haciendo aseo. 
era muy raro. miré la hora, y dejó de ser raro: me había levantado demasiado temprano, y faltaba más de media hora para que abrieran.

en vez de quedarme ahí, pasando frío, debí haberme ido de regreso a mi cuarto y quedarme allí todo el día. debí darme cuenta que sería un día nefasto...

pero no lo hice, y aquí estoy, al final de un día de perros, en que todo me ha salido mal, en que he tenido que rehacer más de una vez el trabajo mal hecho por otros (otras, más bien). 
sólo espero que no me pase todavía algo más antes de llegar a la cama de la que no debí salir...



definitivamente, no debería haberme levantado hoy...

30 septiembre 2012

Las hijas del cuco...


El cuco es un pájaro famoso por aparecer en los relojes cucú (o de cuco).
También es conocido porque no hacen nidos. Buscan el nido de algún otro pajarillo y botan sus huevos al suelo, para poner en su lugar uno suyo. Así, esos pobres e inocentes pajarillos crían un hijo ajeno -mucho más grande que ellos y ávido de comida- como propio, hasta que un día empluma y se va del nido sin más...


Definitivamente, hay hijos que no parecen ser de sus padres, sino del cuco...

-.-

Yo no presumo de buen hijo. Nunca lo he sido.
Ni con mi padre, ya fallecido, ni con mi madre, que vive conmigo.
De hecho, si mi madre vive conmigo desde hace más de veinte años (el mismo tiempo que llevo de casado), no es gracias a mí, sino porque mi negrita me insistió en que no podía dejarla sola y me hizo traerla con nosotros.
Sin embargo, pese a que  no soy un buen hijo, nunca fui tan malagradecido con mis padres, como para hablar mal de ellos indiscriminadamente.

Ayer tuve que ir al banco. Me pasé casi una hora en una fila que parecía interminable. Y estando allí, no pude evitar (era imposible hacerlo) escuchar la conversación de dos mujeres jóvenes, que hablaban con tal libertad que se pensaría estaban a solas.

Hablaba una de ellas de sus padres, y bastante mal por cierto.
Decía a su interlocutora lo molesta que era su madre, y relataba las muchas ocasiones en que había tenido que ponerla en su lugar.
Mencionó luego a su padre.
(Qué mal hombre ése, válgame Dios. Imagínense que pretendía que ella no faltara a clases en la universidad. Habráse visto...)
"Como si fuera a echarme un ramo, por faltar un dia a clases"
"Le dije que cuando reprobara una clase, cuando le dijera que no quería seguir estudiando, entonces dijera que estaba perdiendo su plata, pero que mientras no pasara eso no me molestara"

Estas cosas decía, y muchas por el estilo, a toda voz, como si a las cuarenta o más personas que allí estábamos nos resultara interesante saber cuán poco apreciaba lo que por ella y su hermana habían hecho sus padres. 

Triste resultó oírla decir que, ya tituladas y con trabajo, su hermana y ella se habían ido de su casa. Triste, porque habló con sorna de las lágrimas de su madre, y -aún más- se burló de las que apenas logró contener su padre. Refirió que sus palabras de despedida habían sido: "Ahora van a saber lo que es vivir sin nosotras"

Todo eso y más le oí decir de sus padres. Por cierto, contaba con el pleno acuerdo de su interlocutora, que a su vez agregaba uno que otro comentario sobre los suyos propios.

Pero, no bastándole con todo lo dicho, agregó algo más. Un algo más que yo no puedo aceptar, que me parece lo peor de esa media hora de conversación:
Dijo que  gracias a que su padre ya no tenía que pagar las mensualidades de la universidad de ella y de su hermana, podría tener nuevamente poder adquisitivo, y que se alegraba de que, teniendo él -como tenía-  un buen trabajo que le permitiría jubilarse bien,  de viejo no sería un estorbo para ella...

Juro que tuve que morderme la lengua para no decirle, a través de las personas que nos separaban, lo que pienso de ella. 



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22 septiembre 2012

Hojas verdes y florecillas amarillas...



Llegó la primavera.
Desde hace un par de semanas, empezamos a limpiar el jardín, que se había vuelto un desastre, un rincón salvaje donde cada quien crecía como le venía en gana.

Hoy estaba en lo mismo, cuando me encontré con una maceta llena de hojas verdes y pequeñas florecillas amarillas.
Se veía bonita. Mucho.
Mas de pronto me dí cuenta de algo que no había advertido enseguida, algo que me recordó una escena de mi pasado, un pasado muy antiguo, de los tiempos de mi infancia.

Recordé que, un día, jugando en el amplio patio que había en la casa que habitábamos, me encontré con una pequeña plantita, muy linda, creciendo junto a las plantas que mi papá tenía.
Mi papá era un hombre de campo, nacido y criado en un pueblo en la cordillera del Chile central, por lo que desde que nos vinimos a vivir en este árido desierto, siempre hubo plantas y animalitos en nuestra casa.
Y ahí estaba yo, niño de unos 9 años, en cuclillas, mirando esa plantita nueva para mí, cuando llegó   él a mi lado. Le mostré entusiasmado la nueva plantita, esperando que me dijera qué era.

Me sorprendió mucho su seca respuesta:
- Arráncala, es una maleza.

No entendí nada. ¿Mi papá, a quien tanto le gustaban las plantas, quería que matara esa plantita tan bonita, tan frágil, tan delicada?
Lo miré desde mi lugar, allá abajo, hacia su altura, y le dije:
- Pero papá, ¿por qué?, si es tan bonita...

Me sorprendí aún más ante su nueva respuesta, y ante su tono enojado:
- Ya te dije que es una maleza, sácala.

Yo no entendía qué era una maleza. Sabía, de haber ido al pueblo todas las vacaciones desde recién   nacido, que eran malezas todas las plantas que crecían a los costados del camino, en los canales, en el río, alrededor de los campos y bajo los árboles, pero no entendía qué las hacía diferentes de las demás plantas que me rodeaban. 

No arranqué esa pequeña maleza ese día, lo que enojó a mi papá. Yo nunca desobedecía, y menos a él, pero no me parecía justo matar esa plantita tan frágil y tan linda.

Muy molesto, mi papá se fue sin decirme ni una palabra más. (Él no podía ya agacharse lo suficiente para arrancarla por sí mismo, la enfermedad estaba más avanzada en él, a esa edad, de lo que está en mí hoy en día, y vaya que me cuesta hacerlo a mí, de modo que imagino su frustración por no poder hacerlo por sí mismo, y comprendo su enojo por mi desobediencia, que lo hizo irse y dejarme solo).

Pasados un par de días, recién me dí cuenta que la plantita ya no estaba, pero niño como era, no le dí más importancia.

Unos años más tarde, cuando con mi padre plantamos zanahorias en nuestro patio, me explicó él "con manzanitas" qué era una maleza, y por qué había -bonitas o no- que eliminarlas radicalmente.
Una maleza es una planta que lo cubre todo, y de tal manera, que nadie más que ella puede vivir donde está presente.

Y eso es lo que recordé ahora al ver esa maceta cubierta por lindas hojas verdes y florecillas amarillas: recordé que yo no compré esa gran maceta, no la llené de tierra de hojas, no la aboné, la regué y la cuidé mucho tiempo para que se llenara de pequeñas florecillas amarillas y lindas hojas verdes.  Todo lo que hice con ella y en ella fue para una hermosa planta, que nos gustaba mucho y daba grandes, bellas y perfumadas flores.  Una planta que ahora no está, que no existe, y de la que buscando bajo las pequeñas hojas verdes y las lindas florecillas amarillas, sólo encontré una viejas raíces.

Entonces recordé (pues ya lo había aprendido), por qué había que arrancar las malezas cuando nacen, cuando apenas empiezan a aparecer, antes de que se desarrollen y nos cautiven con la simplicidad de su belleza. Yo no lo hice, porque cuando aparecieron en esa maceta las primeras hojitas acorazonadas, me parecieron lindas, y las dejé crecer. Cuando empezaron a cubrirla y caían por los costados, me alegré de haberlas dejado. No advertí, sin embargo, que al ir creciendo ahogaban la planta que tanto nos gustaba, y que tanto queríamos. No advertí, al pasar a su lado cada día, que mientras las hojas verdes se hacían más abundantes, más grandes y más bonitas, la planta desmejoraba y moría. No me dí cuenta porque me llenaban los ojos las hojas verdes y las florecillas amarillas.
Ahora, ya no hay caso. la planta murió, y la maceta les pertenece por completo. Pero ya no me parecen tan bonitas sus hojas verdes y sus flores amarillas.

Ahora sé bien (cuarenta y tantos años después), el porqué mi papá se molestó tanto conmigo en esa ocasión. El sí sabía lo que eran las malezas.

-.-

Después de todo esto, me quedé reflexionando, y pensé que (como todo lo de la naturaleza), esto se puede aplicar a nuestras vidas: ¿cuántos hay que, deslumbrados por las malezas, dejan de lado lo que realmente les importa, sin darse cuenta que lo están perdiendo? Al final, cuando se quieren dar cuenta, ya no tienen sino malezas, que se ven bonitas, pero que no tienen ninguna utilidad. Y eso es todo lo que les queda al final de la vida.

Hay tantas cosas vanas a las que le damos importancia, y les dedicamos tiempo (a veces demasiado tiempo) y le restan importancia y tiempo a quienes realmente deberíamos dárselos.


[Esto no se aplica a escribir o leer blogs, of course. 
Los blogs son una de las plantas que más me gustan]

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19 septiembre 2012

La envidia de todos...



Mis compañeros me envidian.
Al menos, todos los que están casados. Eso, seguro.

Esta semana se celebraron nuestras fiestas patrias, 3 días de feriado que comenzaron el lunes, por lo que suman 5 días de descanso. Para muchos, además, ha significado "hacer un sandwich" ("puente" que le dicen en otros lares) con el jueves y el viernes, convirtiendo estos feriados en unas verdaderas vacaciones.
Para mí no son tan tan largas, porque tengo que subir a trabajar el jueves (y sólo el jueves).

Pero lo que hace que sea la envidia de mis compañeros casados, y despierte sus más oscuras y viciosas fantasías, es que mi negrita se ha ido a ver a su hermana, en otra ciudad, dejándome solo en casa, toda la semana.
Comenté eso en el trabajo, y a varios les brillaron los ojos, y no faltaron los comentarios tales como: "pero cómo la va a pasar éste, solo en la casa y con el aguinaldo de fiestas patrias en el bolsillo", "la media fiesta" o "éste "lo va a pasar chancho" y también "yo -con esa suerte- lo pasaría cada noche con una mina distinta..."  (*mina = mujer).

Yo los dejé hablar todo lo que quisieran, y sólo sonreía ante tales afirmaciones.
A lo más, dije que un caballero no habla sobre las cosas que hace...

Y la verdad, aunque no pienso decírsela a ellos, es que sí me he pasado las noches en la cama con otras mujeres, todas las noches, y no siempre con la misma, por cierto, que las hay muchas distintas, y cada una tiene sus gracias y habilidades especiales, y no es cosa de desperdiciar la oportunidad de tener tanto tiempo libre para probar todas las que pueda...

De modo que he estado con pelirrojas, rubias, morenas, platinadas y -cómo no, si me encantan- tres bellezas asiáticas...

Consecuencia de ello es que he andado agotado todos estos días de supuesto descanso, por la falta de sueño...

Pero ha valido la pena, vamos, que me he divertido muchísimo con ellas, y nunca tengo tanto tiempo para dedicarles como he tenido ahora...




[Okey, lo sé, en el juego también hay personajes masculinos, pero -la verdad sea dicha- no sé porqué hasta ahora no encuentro una buena razón para usarlos... ]

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Como aclaración posterior, no todas las Campeonas de este juego se ven así. Por ejemplo, Annie luce como una dulce niña, aunque su oso Tibbers no tenga nada de dulce.


14 septiembre 2012

Tanto esperar...

Mi regalo de mí, para mí.

Tantos años, tantos, 
esperando
para llegar a tener cincuenta años.
(Cincuenta,
suena casi como un logro,
sabe casi como a meta alcanzada.)

Tuvieron que pasar muchos años,
tuvieron que pasar muchas,
demasiadas cosas,
para que llegara a tener cincuenta años.

Y, no obstante, duraron tan poco.
Se fueron, se acabaron.
Fue tan breve el tiempo, apenas doce meses,
doce breves meses,
los que pude conservarlos.

Y es que hoy, así, tan simple y tan fácil como un nuevo amanecer,
se fueron.
Mis cincuenta años se fueron,
en brazos de los cincuenta y uno.

Cincuenta y uno.
Que número tan feo, y tan desabrido.
Cincuenta, en cambio, sonaba bien,
sonaba distinguido.
Cincuenta y uno, por lo contrario,
sólo suena a primer paso hacia otro número más alto,
tanto más lejano...
(Que preferiría, por lo demás, no alcanzar).


Mis cincuenta años se fueron,
hoy,
sin pena ni gloria, 
mas no exentos de alguna alegría...


El regalo de mi Negrita (Sí, lo sé, me consiente demasiado,
pero ¿que se puede hacer cuando lo quieren a uno?...)
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06 septiembre 2012

Noche


23 agosto 2012

Don't underdsand...

Por lo general, yo puedo entender las cosas que hacen las mujeres. Digamos, comprender cuál es su motivación.
Y puedo aceptar que hagan lo que hacen, sin mayor dificultad.
Por dar un ejemplo, puedo entender que una mujer se dedique al físicoculturismo, y desarrolle sus músculos tal vez más allá de lo que a muchos podría parecer atractivo.
Puedo entenderlo y me parece razonable.


Pero luego de ver en la televisión 2 minutos -sólo dos minutos- de un match de box femenino, no me parece para nada razonable, y totalmente incomprensible, que una mujer golpee a otra de esa forma, o bien, que no le importe ser golpeada hasta que su rostro quede deforme, con el riesgo casi cierto de terminar con consecuencias neurológicas, además, luego de un tiempo peleando.


No logro comprenderlo. Entiendo que un hombre tenga tales ideas, pues a mi entender está en su naturaleza, pero, ¿una mujer? 

En un artículo en The Guardian (12 Noviembre 2010), se cita a una conocida boxeadora británica, que declara que, si bien los hombres pueden dejar de lado a sus parientes y hacer del boxeo su vida, para ella practicar profesionalmente este deporte no es nada más que un trabajo, una forma de ganar dinero.

¿Podrá ser algo tan simple como eso?


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21 agosto 2012

Premonición


Nunca he creído en señales, signos ni agoreros. Nunca.
Y sin embargo, me ocurrió el mes pasado que perdí mi casco, mi viejo casco que -contra las normas de seguridad, que exigen cambiarlo- conservé por varios años. De hecho, era el casco con que llegué a esta mina, mi casco de Supervisor, con mi nombre en él.
Siempre lo extraviaba (tengo la costumbre de quitármelo y dejarlo en cualquier lugar donde voy), y luego lo encontraba o me lo devolvían. Hasta que ese día, después de años, lo perdí definitivamente.

Entonces, tuve que pedir uno nuevo. En blanco. Y tenía que ponerle una placa con mi nombre, y mi cargo actual. Es una placa dura, aunque flexible, que requiere torcerla para que se adapte a la curvatura del casco. Eso no da problemas, y todo mundo lo hace fácilmente.
Mas, está demostrado que yo no soy como todo el mundo y, al intentarlo, se me quebró en dos pedazos.
Y allí quedaron, sobre el escritorio.

Al verlos, aunque nunca he creído en señales, signos ni augurios, sentí que no era bueno. Y con una sonrisa, pensé, "bueno, será que al fin me van a despedir, y eso será todo". Y no me preocupé más del asunto, y usé mi nuevo casco anónimo, sin más.

Pasadas dos semanas, mi Jefe (no el desatinado que era mi jefe directo, sino otro superior), me llamó para decirme que me cambiaría de trabajo, a otra área, que poco tiene que ver con la que hasta entonces estaba, y a un trabajo que más adivino que conozco, y que significará aprender muchas cosas nuevas, y un nuevo software, del cual tendré que ser Key User. El me dijo que sabía que yo podría con el desafío de empezar algo nuevo, y yo creo que tiene razón. No me preocupa eso.

Lo que me molesta es que para ello he tenido que dejar un trabajo en el que estuve 15 años, en el que empecé desde abajo y que me costó mucho tiempo y disgustos aprender al grado de ser muy bueno en él, y que me gusta, me gustaba, hacer.

Me duele dejarlo, así, de un día para otro. Me duele dejar a "mis viejos", los compañeros que trabajaban conmigo y a quienes enseñé todo lo que pude, a quienes a pesar de que no pocas veces 
fuí duro con ellos, y exigente, me aprecian y nunca dejaron de considerarme su jefe, pese a que había otro que ostentaba oficialmente ese título.  Me duele dejarlos en manos de alguien que ha demostrado no saber lo que hace, y que para colmo -ante este cambio- los ha puesto a cargo de alguien inexperto e intransigente, menos preparado que ellos, en mi reemplazo.

Anoche fuimos al Pub del campamento, para compartir un rato, quizá por última vez. No pude evitar emocionarme. Mucho. Se burlaban de mis ojos húmedos, pero quizá si era para que no se notara que también estaban apenados. Culpemos de ellos a los años que llevo encima, que me han ablandado bastante el corazón, y a la camaradería que existe entre nosotros.
Esta mañana casi me sucede de nuevo, cuando los técnicos -que eran los clientes a quienes atendía y cuyos problemas y necesidades debía resolver cada día- me hicieron sentir lo mucho que aprecian lo que he hecho por ellos estos años, aunque externamente nunca lo pareciera.

El sabor amargo -en este mi ultimo día de trabajo con ellos- lo puso mi jefe directo (¿cómo no?) al reunirnos a todos y darme las gracias por el trabajo realizado, pero sin siquiera mirarme a la cara ni darme la oportunidad de decir algo. Es más, cuando traté de hablar, me ignoró completamente y disolvió la reunión. El no estar más bajo su dependencia es lo único que me alegra de este cambio. Por otra parte, el asumir un cargo que me convertirá en auditor de parte de sus obligaciones, será segura fuente de disgustos. Sé bien todo lo que hace mal, y conozco de su negativa a hacer mejor las cosas. Por ende sé que habrá problemas entre nosotros, tanto como los había cuando era mi superior. O más.

En fin, fiel a mi pensamiento de que uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, seguiré adelante, y ya veremos.


Necesitaba conversar de esto con alguien, y me resultó duro darme cuenta que en realidad no tengo con quien hacerlo. De modo que me decidí a decirlo aquí, aunque sea así, ligeramente, como si no fuese nada importante.


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16 agosto 2012

Despertar...



El dolor de cabeza aumentó, se hizo aún más fuerte, tanto, que lo sacó de su profundo sueño y  lo volvió a la conciencia.
Abrió los ojos lentamente, esperando encontrarse con la fuerte luz de la mañana entrando por la  ventana, pero para su sorpresa, no hubo tal. ¿Es que aún era de noche? No, no era eso, porque si  fuera de noche el farol de enfrente iluminaría tanto como hace el sol por el día. Y a él lo rodeaba en ese momento la que le parecía la más  absoluta oscuridad.

10 agosto 2012

Sin discusión...

Hace unos días atrás -la mañana aquella en que no escuché al gallo y desperté tarde- me quedé sin desayunar, en aras de llegar a una hora decente a trabajar. A consecuencia de eso, a media mañana tenía un rugiente león dentro de mi vacío estómago, exigiendo ser alimentado.

Para calmarlo, tomé el primer turno para ir a almorzar, a mediodía. Es más, ni siquiera esperé el bus que nos lleva a todos, sino que un rato antes tomé una camioneta y me fui al casino de la mina,  donde nos corresponde ir a esa hora (sólo el desayuno y la cena los tomamos en el casino del campamento).

Llegué, de esta manera, antes que nadie y cuando recién habían abierto.  A la entrada del casino hay un mesón, más bien bajo, sobre el cual -y casi junto a la pared- está el computador con el que se registra el ingreso. Iba pues directo allí, a registrarme, cuando me encontré de frente con algo como esto:


Un redondo, bien dibujado y nada pequeño trasero, enfundado en el blanco uniforme que usa el personal de la cocina. Su dueña, acodada sobre el mesón, conversaba animadamente con dos compañeras, que estaban al otro lado de éste.

Al margen de la opinión que pudiera tener sobre las cualidades de tal obstáculo, lo que yo realmente quería era marcar mi ingreso para poder almorzar, de manera que evalué la situación, e intenté por todos los medios acercarme, pero no había caso. Lo hiciera como lo hiciera, para alcanzar el teclado tendría que -necesariamente- tocar, empujar o apoyarme en alguna parte de aquella redondez. Y, a juzgar por las dimensiones de su dueña, hacer tal cosa podría resultar en un riesgo para mi integridad física. Así es que me quedé ahí, detrás de ella, con expresión de disgusto, esperando a que me diese ocasión de cumplir mi cometido.

A todo esto, y puesto que la que se gastaba la conversación era ella, las otras dos -que me veían a través del mesón y por sobre su compañera- habían advertido mis intentos, y mi confusión al no poder hacer nada, de modo que, más con gestos que con palabras, le indicaron que yo estaba ahí, detrás suyo.

La propietaria de aquello (de cuarenta y muchos, en todo caso), miró entonces por sobre su hombro, y al verme, se levantó lentamente y se dió vuelta hacia mí.  Una de las otras le aclaró entonces: 

- Es que no lo dejabas marcar.

Y ella, dándome la espalda, a la par que se alejaba se dio una palmadita en el trasero y respondió:

- Ha!, ¿y que se va a quejar acaso? Bien bueno es lo que estaba mirando...



Y eso no dejaba cabida a discusión alguna, en todo caso.


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07 agosto 2012

Le Uyen Pham

Andaba, como muchas veces, buscando blogs nuevos para postear algo en mi semi abandonada Antología, cuando me encontré con Le Uyen Pham. No con su blog, que lo vería después, sino con su sitio web.

Yo admiro a quienes pueden dibujar, y expresarse de esa forma, de modo que me gustó mucho su trabajo, y aún los libros infantiles que ha escrito. En especial, encuentro genial el de las hermanas.







Pero la verdad es que lo que más me gustó de lo que vi es esa parte que muestra como ella es: la presentación que hace de sí misma. Me causó mucha gracia. Y por que no decirlo, me reí al ver ese último dibujo, en que aparece apenas y medio aplastada por ese enorme marido. (supongo que también él debe tener sentido del humor...)


Click aqui para leer



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02 agosto 2012

Como un queso




La luna era como un queso,
esta mañana
(esta madrugada).
La luna era como un queso,
amarilla, redonda, enorme se veía en el cielo negro.

La luna era como un queso,
no parecía un satélite a miles de kilómetros,
sino un amarillo queso
que pende en las alturas
como si la sujetaran los invisibles hilos de una araña.

La luna,
esta mañana
(esta madrugada),
era como un amarillo y redondo queso,
que descendía lentamente
para esconderse tras los bajos y redondeados
cerros de la pampa.

La luna era como un queso,
amarilla y redonda,
y se fue discretamente, sin el derroche de luces y
colores con que se pone el sol,
sino suavemente, sin llamar la atención,
siempre igual de amarilla,
hasta perderse de la vista,
dejando apenas una ligera luz tras de sí.

La luna era como un queso,
enorme, perfectamente redonda y de un hermoso amarillo,
esta mañana
(esta madrugada),
y me quedé ahí mirándola,
me quedé con ella,
hasta que se fue.

Me gusta la luna, sobre todo cuando es cercana, cálida,
redonda, amarilla como un queso,
pero no deja de gustarme
aquellos días en que se ve sólo a medias,
cuando se siente lejana,
y se muestra blanca y fría
como cubierta de escarcha.
No deja de gustarme,
la luna.

Y era como un queso,
amarilla,
redonda,
esta mañana.


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30 julio 2012

¿Qué hace una muchacha como tú...?

Sí, ¿qué hace una muchacha como tú, en un lugar como éste?

Esa frase es lo primero que se me vino a la mente cuando me encontré con esta íntima prenda femenina (que una muchacha tan sorprendida como yo por el hallazgo describió como una panty sloggi invisible, al hombre que la acompañaba).


Me resultó muy curioso que estuviese allí, en la sección de ropa interior masculina, ubicada al otro extremo de la tienda, muy lejos de su símil femenina, y colgada de un perchero, así, como si nada.

Y resultó ser toda una entretención observar lo que hacían quienes la veían:

Tocarla con un dedo, como examinándola; no sin mirar hacia ambos lados, cogerla y extenderla, para no perder detalle; tomarla con la punta de los dedos, y arrojarla más allá, como despejando el área de tan perniciosa cosa o simplemente -cosa que hizo el joven que trabajaba en esa área- moverla continuamente de un lado a otro, como si definitivamente no supiera qué hacer con esa prenda tan suave y delicada.

Supongo que así debe ser como atravesó sección por sección de la tienda, hasta quedar allí, manoseada hasta decir basta, y sin que nadie se atreviera a llevarla hasta su lugar.

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