31 diciembre 2011

Que lo mío lo pago yo...



Supermercado. Mediodía.
Mi negrita. Mis malcriados sobrinos. Yo.

[Antes de llegar, en el auto, mi negrita ha dicho:
- Se me quedó el celular.
Mi sobrino mayor (7), dijo:
- A mí también, y la billetera con mi dinero!
Mi sobrino menor (4), dijo:
A mí no, yo traigo mi dinero.  Y muestra su mano apretada, donde lleva una pequeña moneda.]

Después de mil vueltas por el super, llegados a la caja, el más pequeño trae en la mano una botella de ketchup.
Comenzamos a pasar las cosas, y él puso su ketchup delante.
Lo tomé, lo puse lejos y -por molestarlo- le dije:
- No, ketchup no.
Me miró, con cara de ¿y éste quién se cree?, tomó el ketchup y volvió a ponerlo entre las cosas.
(la cajera seguía marcando artículos)
Tomé el ketchup, y lo devolví al final, lejos.
Me miró con cara asesina., lo tomó y vuelta con él adelante.
Lo tomé, y vuelta atrás.
Rostro algo congestionado, dientes apretados, trae el frasco y lo pone al alcance de la cajera.
Yo lo alcanzo antes, y de nuevo a dejarlo lejos.
Ya no puede estar más molesto.
Trae el frasco, se lo da en la mano a la cajera, y cuando ésta lo pasa por la caja, se mete la mano al bolsillo, saca su única moneda, y se la entrega.
Entonces, me mira con cara de "yo pago mis cosas", y con un orgulloso "Humm",  pasa adelante...



La cajera rió para sus adentros. Su moneda -una de las más pequeñas que tenemos- no pagaba ni la etiqueta del ketchup. ¿Para qué decirle que necesitaba 98 monedas más?


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29 diciembre 2011

Noooo....!!!!!!



Estaba en la cocina, preparando unas pizzas para el almuerzo. Solo.
De pronto, observé en el borde de la mesa un par de manitos.
Entre ellas, dos ojitos café que seguían muy interesados mis movimientos.

El silencio fue interrumpido por una vocecilla que me decía, con el tono de quien sabe de lo que habla:

- Yo sé que la pizza lleva también salchicha.

La mía no la llevaba, por cierto. Pero guardé silencio, y seguí en lo mío.

Y entonces, la vocecilla volvió a oírse, pero esta vez no suave, sino casi en un grito:

- Noooooo, por qué le pones tomate...!!! (y se fue corriendo).


A sus 4 años, habrá comido pizza hecha por mí una media docena de veces, ¿y nunca advirtió que llevaba tomate?.

Es doloroso crecer y enfrentar las realidades de la vida, a veces...


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28 diciembre 2011

Inconcebible...


Objetivo: Niño de 7 años debe estar vestido a las 07:45.

Opciones:

a.- Se le ha enseñado a vestirse solo, por ende, se le dice una vez que se vista. (Esto no debería tomarle más de 5 minutos).

b.- Se le ha acostumbrado a vestirlo por las mañanas, por lo que se procede como cada día. (A cualquier mujer de más de 15 años, esto no le toma más de un minuto y medio).

c.- El niño sabe vestirse solo, pero por cualquier razón, no está vestido aún a las 07:55. Se le viste y ya. (Esto no debería tomar más de cinco minutos, por muy rebelde que se comporte, sólo tiene 7 años).


Dado esto, no me parece para nada aceptable que a las 08:15 el niño aún no esté vestido.
Y me parece aún menos aceptable que siga sin vestirse porque no quiere hacerlo.
Y me parece francamente inadmisible que la madre, una mujer de más de 35 años, tenga que pedir ayuda a alguien más para que el niño acceda a vestirse...

O sea, si no consigues que se vista por la mañana, ¿qué se puede esperar para cosas más importantes?


[Y no, no es excusa que sea madre y padre a la vez porque está divorciada. Las hay -y muchas- en esa condición, y se las arreglan muy bien para salir adelante.]


[Sorry, hay cosas que de verdad me molestan]
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27 diciembre 2011

El duelo...



Voy algo apurado, a buscar a mi negrita a su trabajo.
La calle, de doble sentido y en empinada subida, se abre despejada ante mí, si bien de bajada hay bastante tránsito.
Pero no está despejada del todo, sin embargo.
Allá arriba -dos cuadras tal vez, algo se mueve por en medio de la calle, acercándose a mí.
Es un perro. Un perro negro, por lo que puedo ver.
Camina displicente calle abajo, sin preocuparse de nada, al parecer.
Yo sigo avanzando, y la distancia se acorta. Sí, es un perro negro, de mediana alzada e hirsuto pelaje, que con aires de "a mí que me importa" avanza directo hacia mí...

Hago ademán de tomar mi derecha, para pasar por su lado, ya que no parece querer cambiar su rumbo. Pero lo cambia, hacia su izquierda, como si buscara seguir enfrentándome.
Intento la izquierda. Él continúa bajando, con su paso insolente, ligeramente hacia la derecha.
¿Es que quiere desafiarme?!
Mala idea esa. Si él tiene poco apego a su vida, menos le tengo yo a la mía.
Además que nada arriesgo, ya que voy en auto. ¿Qué se cree? ¿Que voy a detenerme por él?
Se equivoca.

Los 200 metros son ya cincuenta, y se reducen a cada segundo.
El perro sigue de frente, su mirada puesta en mí, y sus pasos disparejos y cojeantes continúan - impertubables- hacia adelante.

Puedo ver sus ojos, desafiantes, su mirada dura, su gesto decidido.
Nada parece existir sino nosotros dos. Y el camino, que se acorta, se acorta ya demasiado.

Un destello de lucidez llega a mi mente, y pienso que nadie, nadie me justificará si sigo adelante, nadie entenderá que este animal me desafía abiertamente, nadie me perdonará si le hago daño... y en el último instante doy un golpe brusco al volante y piso el acelerador, pasando junto al perro, tan junto, que se diría le he despeinado la sucia pelambrera...

Al pasar junto a él, creí ver un brillo rabioso en sus ojos, unos dientes apretados de rabia...

La calle es mía nuevamente, y podría alejarme de allí sin más, pero no puedo.
No puedo evitar mirar por el espejo retrovisor, y allí está. Sigue calle abajo, con su paso disparejo y renqueante, con su aire desafiante, enfrentándose esta vez con un bus. Temí el desenlace. ¿Lo respetará el chofer, miembro de un gremio de pésima fama?

Y bajé la velocidad casi hasta detenerme, para mirar, para ver que sucedía, cómo terminaba ese nuevo desafío del animal.

Y aunque no se crea, la última imagen que pude ver fué el perro, el muy insolente y audaz, parado en firme sobre sus cuatro patas, al medio de la calle, enfrentando a un bus detenido por su causa, con media docena de vehículos detrás...

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23 diciembre 2011

Una cena de navidad




Hace ya horas que el sol se perdió tras los cerros, y poco queda de su luz. 
Muy poco, a decir verdad. 
En la penumbra de la habitación, pequeña, oscura y húmeda, un hombre joven yace atravesado sobre una cama. 
No duerme. Piensa, divaga, mirando el techo en el que el humo de años de cocinar ha pintado extrañas escenas, que van mutando en otras a medida que las cubren nuevas capas de hollín. 
El cigarrillo en su mano se quema pausadamente -no lo ha probado aún-, y el humo sube lento, en gráciles volutas, hacia el techo, deslizándose junto a él en perezoso peregrinar hacia la ventana, pequeño hueco en lo alto de la muralla que carece no sólo de vidrios, sino de cualquier cosa que la haga parecer tal. No es sinó un rectángulo abierto al exterior, sin más pretensiones que permitir el paso del aire. 

Contrariamente a lo que pudiera pensarse en tales fechas -es navidad-, su mente no se ocupa en recordar seres queridos o escenas navideñas vividas alguna vez. No. Su mente vaga por otros derroteros, reviviendo una y otra vez los hechos ocurridos el último tiempo, y que le tienen ahora aquí, lejos de todo, vacío de todo.

Al tiempo que se apaga el intocado cigarrillo, del que queda apenas si el filtro, la puerta -una puerta de de sólidos tablones unidos con láminas de fierro- se abre para dejar paso a su compañero de habitación, de trabajo, de infortunio. No es mucho mayor que él, si bien sus rasgos son más duros, su cabello más largo y su barba más cerrada. 

Entra con decisión, animoso, como si fuese portador de buenas noticias, lo que lo hace incorporarse sobre un brazo y preguntar, ansioso: ¿Qué pasó? ¿No me dirás que...? 
La frase no llegó a terminarse, interrumpida por la respuesta del recién llegado: 
- No, para nada. Te dije que no pasaría. ¿Quién en su sano juicio iba a querer venir a este miserable agujero, hoy, precisamente hoy, sólo por nosotros? Na!, seguro que no aparece nadie hasta el 27 o el 28, y eso si es que alguien se apiada y llega hasta acá. 
- Mierda! -exclama en respuesta su compañero- pensé que al menos podríamos comer algo decente hoy. Siquiera algo caliente, que ayer se terminó el kerosén, y con eso nos quedamos sin cocina... 
 - No te quejes tanto. Bien que sabías a lo que venías cuando aceptaste venir hasta aquí.
 - Sí, sabía que estaríamos lejos de todo y dejados de la mano de Dios, pero, hombre, no hay que exagerar. Y además, ¿Qué necesidad había de recordarme la fecha que es hoy? 
 - Psst, a que tanto escándalo, ni que tuvieras mujer e hijos, y viejo estás ya para acordarte de tu mamita y añorar el chocolate caliente... 
 - Nunca se está muy viejo para eso, pero tampoco te equivocas mucho. La verdad es que poco me acuerdo. No, si no es la fecha lo que me amarga, es el tener que estar acá, solo, sin un mísero café, sin nada que comer y sin más compañía que la tuya... 
 - Chís, buena compañía tienes... la mejor. Ya, ahora levántate y dime que vamos a cenar... 
 - ¿Cenar? ¿estás sordo o eres tonto? Ya te dije que no tenemos nada, a no ser una cebolla que anda por ahí, en ese rincón. 
 - ¿Cebolla? Justo y preciso! Era lo que necesitaba para las sardinas. 
 - ¿Sardinas? ¿Cómo que sardinas? 
 - Si, poh, si tenía guardada una lata de sardinas con tomate pa' los tiempos de las vacas flacas, y adónde más flacas que ahora. Así que dale, pícate la cebolla nomás, mientras yo abro la lata... 
 - Con lo que me gusta picar cebolla... 
 - Ya. Si llorar un poco no te vá a hacer nada, pícale nomás. 
 - ¿Y no tenís un vinito guardado con las sardinas también? 
 - Ja ja ja, no poh, ése ya me lo tomé la semana pasada, mientras dormías... así que a tomar agua nomás. 
 - Sardinas, cebolla y agua, valiente cena navideña... 
 - Ya hombre, que tanto, si lo que importa es comer algo. Ya vendrán otras navidades, mejores, peores, como vengan, y hay que seguir adelante, que no queda otra. Y no le hagas asco a las sardinas, que sí que están saladas, pero es lo que hay, y de aquí no comemos hasta tres o cuatro días más. 

  Y aunque era navidad, aunque era nochebuena, no ocurrió ningún milagro, ningún suceso extraordinario vino a cambiar las cosas, no hubo una luz misteriosa que entrara por la ventana e inundara la habitación, ni se escuchó una música celestial. Tampoco entró un hombre gordo, colorado y jovial diciendo Ho Ho Ho, ni se oyó un sonar de cascabeles. No, no sucedió nada de eso. 

 Y en silencio, a la luz de una mísera vela y sin más música que la del viento corriendo por el tejado, se comieron sus sardinas con tomate y cebolla -regadas con abundante agua-, su cena de navidad. Y se acostaron a dormir, cansados como cada noche, hasta despertar a un día más.

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19 diciembre 2011

Quisiera, cómo quisiera...



Es casi mediodía, y el sol golpea fuerte sobre las espaldas de la gente que, apresurados unos, indolentes otros, circulan por las calles del pueblo a esa hora.

Es un pueblo medio olvidado, que vive más de recuerdos de pasadas glorias que de otra cosa. Sus viejas casonas de pino Oregón, la plaza, de resecos y desnudos árboles, y los abandonados -y ha tanto tiempo inútiles- lanchones maulinos anclados en la rada, le confieren un aire romántico.

Es poco el ruido que hay en sus calles, como escasos son los vehículos que por ellas circulan. Más bullicio hacen las gaviotas, los cormoranes y piqueros, que sus habitantes.

Por la avenida principal, o mejor dicho por su única avenida, tan poco poblada como el resto, camina una mujer con paso vivo, que no se condice con su pobre aspecto y su cansado rostro. Sus vestidos reflejan pobreza, mas no descuido. Ni un roto, ni un descosido, ni nada de sucio hay en ellas, y su cabello, si bien largo y algo enmarañado, se ve limpio.

Su rostro refleja tristeza, a pesar de la media sonrisa dibujada en sus labios. En su mano aprieta tres o cuatro monedas -todas las que tiene- con las que piensa comprar arroz, para alimentar a sus pequeños hijos. Es pobre, y el poco dinero que llega a conseguir se hace nada, se desvanece como sal en el agua, y de poco sirve ante las tantas necesidades que debe atender.

Esa sonrisa tenue que lleva se debe- tal vez- a que se siente tranquila, porque sabe que bastarán esa monedas para alimentar a sus chicos hoy, y aún mañana. Y es que en el almacén al que se dirige ahora, con sus ligeros pasos, ha encontrado -hará un par de semanas- un arroz baratísimo, que le permite comprarlo con su escaso dinero, y aún le deja algo para alguna verdura con que acompañarlo.

-

Lo encontró un día en que, con pocas esperanzas y menos monedas, entró a ese almacén. Alguien le dijo que allí vendían las cosas más baratas, y que valía la pena recorrer todo el pueblo para llegar hasta él. Sin embargo, cuando entró y se enfrentó a los dos muchachos que allí atendían, sintió que perdía la confianza. Los precios que se veían allí, sobre las estanterías, eran más bajos, sí, pero nunca lo suficiente para que estuvieran a su alcance. Menos aún en ese momento, en que llevaba apenas nada.

Los muchachos la miraban, esperando que hablara, que dijera algo, examinando tal vez su aspecto macilento y su ropa vieja, quizá si deseando que se fuera. Pero venció su vergüenza, y con una voz débil, preguntó por el precio del arroz.

El mayor de ellos le contestó -con voz amable- diciéndole una suma que no podía pagar. Ella apretó los labios al oírlo. Era casi lo mismo que en todas partes, un valor mayor de lo que podía pagar. Hizo ademán de irse, pero el muchacho volvió a hablarle, esta vez para decirle que, si quería, podían venderle la mitad, o aún un cuarto de kilo. Ella hizo la resta, y ni así era suficiente lo que tenía, de modo que se volvió para salir, con la amargura pintada en el rostro.

Sólo entonces el otro dependiente le habló, con el tono de quien propone algo que no cree sea aceptado, pero con clara intención de ayudarla.
- Tenemos un arroz más barato. Mucho más barato, pero no es bueno.
Ella le miró por sobre el hombro y él, al ver que había captado su atención, le explicó;
- Es un arroz muy pequeño y quebradizo, casi no viene ninguno entero.
Ella le seguía mirando, sin decir nada, intentando imaginar ese arroz, intentando no hacerse vanas ilusiones.

El primer muchacho intervino entonces, para agregar que lo tenían hace mucho tiempo, porque nadie quería llevarlo, que sólo podían vender el paquete completo, pero que era de medio kilo, y que valía sólo unas monedas.
Ella lo escuchó decir estas palabras con la mirada fija en sus ojos, como si quisiera entrar en ellos y descubrir si se estaba burlando, si todo era una mala broma. Pero él no se reía, ni sus ojos tampoco. Y el otro chico traía ya en la mano un pequeño paquete de arroz, y se lo mostraba. Y el grano era chico, sí, y quebrado en mil trozos que llenaban la bolsa transparente, que nada ocultaba.
Lo siguiente que ella miró fueron las monedas en su propia mano, ahora abierta, y eran las necesarias y suficientes para comprarlo. No supo bien cómo las entregó, ni como recibió el paquete, ni cómo llegó a su casa con él apretado contra el pecho.

Pero allí lo abrió, y cocinó ese arroz para sus niños, y pudo alimentarlos, y pudo sonreír al verlos.

-

Ahora vá nuevamente al almacén, como ha hecho estas dos semanas, a comprar más. Lleva sus monedas en la mano, como de costumbre, y camina quizá si más ligero que antes.

Entra al almacén, y confiada, sonriente, pide su arroz (los muchachos saben ya cuál, y se lo darán enseguida, alegremente, como hicieran nada más antesdeayer).

Pero esta vez no es así. El mayor la mira de forma extraña, y le dice con voz grave:
- Ya no nos queda. Lo siento, se lo llevaron todo.

Ella lo mira, como si no entendiera.
- "¿Todo?" se pregunta para sí misma, "pero si no lo compraba nadie, era mi arroz, sólo para mí, mi arroz."

Sin embargo, ve ahora reflejarse la tristeza en la cara de él, y comprende que es cierto, que ya no hay, que ya no habrá más arroz pequeño, quebrado y barato para ella, para sus hijos. Baja la vista, y se vá. No es primera vez que vé caer en pedazos una esperanza, es sólo una más. Y se va caminando lentamente, demasiado lentamente. Si se hubiera ido más rápido, si no se hubiera tardado tanto en aceptar le realidad...


Pero lo hizo, se tardó.
Y esa tardanza fue fatal, pues a la pena que sentía, se le agrega ahora el dolor, un dolor que se vé, que se trasparenta en toda ella, cuando escucha al otro muchacho decir:

- Sí, se acabó todo, vino un señor buscando algo para cocinarle a sus perros, y mi patrón le dijo:
- Ahí tengo ese arroz malo, que nadie quiere comprar, lléveselo todo y le hago un descuento.
Nosotros le dijimos que usted lo compraba a diario, pero no nos hizo caso. Y el señor aceptó y se lo llevó, para los perros.

La mujer salió, sin saber cómo, a la calle. Tal vez fueron las lágrimas en sus ojos que no le permitieron ver, o bien fue el dolor que sentía lo que la hizo tropezar con el letrero que, en la calle, anunciaba las ofertas del almacén. En ese letrero se destacaba también su nombre: El buen samaritano.





[Quisiera que esto fuese sólo una historia, un cuento, un vuelo de mi imaginación. Quisiera que pasados 35 años no recordara todavía, tan bien, el dolor reflejado en esos ojos. Quisiera no recordarla a ella cada vez que -a solas en el supermercado- enfrento un pasillo con estanterías llenas de arroz, de cien marcas y calidades diferentes. Quisiera, cómo quisiera, poder olvidar ese arroz, pequeñito, quebrado y oscuro, en su bolsa de medio kilo...]

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16 diciembre 2011

No siempre... o definitivamente nunca.

Leí un decálogo, cuyo segundo punto me hizo reír bastante, porque siempre, siempre, me ocurren cosas relacionadas con él:  "No siempre la fila más corta es la más rápida".

Y como tenía que salir, me fuí sonriendo y pensando en la de veces que me han pasado cosas como ésa. Pero la sonrisa se me congeló cuando llegué a mi Isapre, donde iba a solicitar un reembolso por gastos médicos.


Al llegar (primera vez que iba), me encontré con que había dos alternativas:

a)Tomar un número para los módulos de atención normales, que eran 4, y debías esperar el turno para cualquiera de ellos.

b) Tomar un número para el módulo de atención express, que según decía el letrero, atendía exclusivamente un reembolso o compra de bono. Uno.

La primera opción implicaba esperar a que atendieran a no menos de doce personas que allí había.
La segunda, bueno, el módulo se veía desierto. No había nadie.

Y, tonto que es uno, tomé el número del módulo express.
Lo miré, y me faltaba sólo un turno para ser atendido. Sonreí confiado, me veía ya saliendo con mi reembolso en el bolsillo...

Y ahí estaba, junto al módulo, cuando llamaron a la persona que me antecedía. Una mujer. Y la que atendía evidentemente la conocía, porque se saludaron alegremente y empezaron a conversar...  y siguieron conversando...

Por la otra parte, los números avanzaban, uno menos, dos... y en el módulo express recién -recién- unos papeles pasaban de cliente a dependiente, matizados -claro- por palabras y sonrisas y más palabras...

Pasaban los minutos, 2 personas más habían sido atendidas en los módulos normales, y en el módulo express, ninguna novedad. Me acerqué al mesón. Me apoyé en él. Escuché una conversación banal y sin importancia alguna. Miré insistentemente a la señorita. Y nada. Era una situación extraña, bizarra, como sacada de una película. Yo la miraba, y ella me miraba con mirada culpable, sabiendo cuánto llevaba ahí conversando, y timbraba unos papeles, y los entregaba a su interlocutora, y me miraba, pero no paraba de hablar... seguía hablando con ella, mirándome, con un ligero tono de rosa en las mejillas, pero no dejaba de hablar...

Dí el caso por perdido. Y antes de que las palabras que tenía dentro salieran de mi boca, apreté los labios y me alejé. Volví a la entrada, tomé un nuevo número, esta vez de los normales, y me paseé por ese hall, una y otra vez, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, tratando de pensar otra cosa, en cualquier cosa que no fuera ese par de mujeres hablando en el módulo express...

Y ocho personas y 15 minutos después, cuando me llegó el turno de atención, tuve la tentación de hacer un reclamo formal, pero miré por sobre el hombro hacia el bendito módulo express, las ví aún conversando, y pensé que contra eso no habría remedio posible... tal verborrea debe -tiene- que ser algo antinatural... una posesión demoníaca, un virus asesino, o qué se yo...

Hay cosas contra las que no se puede luchar.


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14 diciembre 2011

Animalill@s

Es usual que se digan cosas tales como que los hombres "son unos animalillos cuando están solos". Y no seré yo -que nunca defiendo a mi género, porque bien sé como somos- quien diga lo contrario.

Pero, sin embargo, creo que no se puede negar que nuestras contrapartes -las féminas- también tienen sus momentos:

Piscina.

Paseo de fin de año de un primero básico.

Dentro de la piscina, los pequeños.
Alrededor, las mamás.
El salvavidas, que ha llegado hace poco y aún está vestido, se retira.

Las mamás, obvio, se molestan.

- Pero ¿dónde va? -exclaman-.

- ¿Cómo deja a los niños solos en el agua?

- No es posible...

Entonces, alguien dijo: Viene enseguida, sólo va a ponerse su traje de baño.

- ¿Traje de baño? Ah, pues que vaya, no hay problema, que vaya... nosotras vemos a los niños.

Y pasados unos minutos, el salvavidas volvió... con un grande y feo bermudas por traje de baño.

Los reclamos fueron inmediatos:

- Pero cómo, ¿eso es un traje de baño??

- Así no parece salvavidas...

- ¿y la zunga?

- ¿Un salvavidas sin zunga? Ah, no, no puede ser.


Molestaron con eso toda la tarde.

Unas "animalillas", ¿o no?

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13 diciembre 2011

Una semana de ... (agréguese algún epíteto a gusto)

Esta fue una semana de... 
Trabajé como un perro. 
Alguien dirá que los perros no se la llevan tan mal en esta vida, pero yo pensaba más bien en un Malamute de los ínuit, esos pobres animales que nunca descansan y tiran del trineo hasta que ya son demasiado viejos para hacerlo y se los dan de comida a sus ex-compañeros de tiro. Y peor aún, trabajé como el perro que va a la cabeza del tiro, y no sólo tiene que tirar, sino lograr que los demás también lo hagan, y para el mismo lado. Así me sentía ayer, al terminar la semana, como si ya no pudiese con el maldito trineo y con los demás perros y con el maldito guía...



Además, mi empresa por fin, después de muchos muchos intentos, consiguió bloquear definitivamente el acceso a cuanta página quiera uno usar, de modo que no sólo no puedo ya leer algún blog después de terminar las 12 horas de trabajo, sino que ni siquiera puedo pagar mis cuentas. Escasamente se puede leer el correo, y aún eso con restricciones.

La culpa la tienen los feisbukeros, ésos que están todo el día conectados cambiando estados, y también los que tienen el vicio de las descargas de programas, películas y un "cuantuay" en la red...  cualquiera entiende que nos bloqueen el internet, a ver si así se consigue que trabajen algo...

En fin, una semana de...    pero -como todo- llegó a su fin.




[Lo que había escrito y no pude publicar, lo publicaré enseguida. Lo que no pude leer, tendré que ponerme al día de a poco]

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03 diciembre 2011

Cosas que a uno le toca escuchar...


Supermercado. Tarde de un día cualquiera. Una pareja, llevando un carrito de compras, de ésos con una silla de bebé encima, ingresa con sus hijos. Una pequeña que camina tomada de la falda de su madre, y un bebé de tamaño algo grande para la silla, pero obviamente de poca edad.

Una guardia, que custodia esa puerta, vé al niño y -sorprendida por su aspecto- le pregunta a la mamá:

- ¿Qué edad tiene?

- X meses, contesta ella, orgullosa y con una maternal sonrisa.

- Es grande para su edad ¿eh?, dice la guardia, que se ha acercado al coche e impide -inconscientemente tal vez- que sigan su camino.

- Sí dice la mamá (aún sonriendo), me salió grandecito...

La guardia, mirando al padre -un hombre bajo de estatura, que lleva el carrito- dice entonces:

- Pero el papá no es grande...

El hombre la mira, sorprendido por el comentario, y la madre no dice nada, esperando tal vez así poder seguir adelante.

Más la mujer insiste:

- Y usted tampoco es muy alta que digamos, ¿es raro, no?

Y entonces la mamá de la criatura, francamente mosqueada, le dice:

- Ya está bien ¿no? ¿ No ves que se vá a dar cuenta que no es de él?!!


La guardia quedó sorprendida, boquiabierta, cosa que aprovechó ella para empujar carrito y marido y seguir su camino.



Unos cuantos pasos más allá, cuando su paso volvió a ser normal, él -visiblemente molesto- intenta decir algo, pero su mujer lo interrumpe y le dice:

- ¿Y que querías? Tú no le dijiste nada, y yo tenía que hacerla callar de alguna manera...


[Las armas las carga el diablo... y a algunas mujeres también]
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01 diciembre 2011

Sorpresas...



Este turno, mis compañeros tuvieron un par de sorpresas, relacionadas con el "sexo débil"...  (que -para mí- nunca lo ha sido).

Una de ellas fue que llegaron unas chicas nuevas, como trainee* de Operadoras de equipos pesados.
[Esto significa aprendices de conductor de camiones y equipos mineros, los que, por lo demás, son enormes de grandes.]

No es que sólo llegasen chicas, pero a mis compañeros -obvio- no les preocupan los varones.
Y de estas chicas habían dos más bonitas que lo habitual (una de ellas con unos ojazos...), que nadie se las imaginaba conduciendo un camión minero. Y ese par los tenía a todos revolucionados el primer día, cuando las vimos en el desayuno.

Lo malo para ellos fue que esa alegría no les duró mucho: para la cena ya se habían enterado que ambas chicas eran -ni más ni menos- una pareja: un escandalizado y horrorizado testigo las vio besándose...

Fue un balde de agua fría... 

La otra sorpresa se las dio una de las muchachas que trabajan con nosotros, una digitadora (la más atractiva de ellas y famosa por ser "muy poco accesible"). Ella casi no se relaciona con el personal masculino, y se comporta siempre distante, a diferencia de su compañera que trabaja en el turno contrario, que comparte siempre con los técnicos e incluso va a animarlos cuando tienen algún partido de fútbol.

Este turno, sin embargo, esta chica apareció de buzo deportivo y zapatillas por la cancha -una noche que los muchachos jugaban- y le dijo a uno que quería jugar.

- ¿Quieres jugar?
- Sí, yo juego, y necesito practicar.

Tomado tan de sorpresa, aquél admitió que faltaba uno en uno de los equipos, y habló con los demás para que la dejaran jugar.

Incredulidad, risitas, burlas, todo se olvidó abruptamente y se convirtió en legítima sorpresa -y algún respeto-  desde el primer momento en que alguien le hizo un pase "por ver que hacía con la pelota", y lo que hizo fue jugar, y bien.

Las risas volvieron, y en abundancia, cuando uno que llevaba la pelota se vio interceptado por esa chiquilla y pensó "ésta qué me va a hacer" y trató de pasar a la fuerza. La chiquilla hizo lo que cualquier jugador hombre haría: le "trancó" la pelota con fuerza y él apenas pudo evitar caerse, perdiendo la pelota y ganando las burlas de sus compañeros... 

Al final, todo quedó en que ahora es una jugadora más y participa en todos los partidos, aunque por el número de jugadores no pueda jugar durante todo el tiempo.

Y se supo el por qué de su repentino interés por jugar fútbol: entró a un equipo femenino y, queriendo  mejorar su juego, decidió entrenarse con hombres, ya que en el campamento "es lo que hay...*



[* Frase típica chilena, que resume el conformismo propio del pueblo, el que acepta "lo que hay" disponible y con eso hace lo mejor que puede.]

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29 noviembre 2011

Con una venda en los ojos...




Leer muchos blogs de mujeres me ha dejado muchas cosas.
Pero una que no me esperaba que me dejara, es que me abriera los ojos a una realidad que no quería ver, y con la que me engañé a mi mismo por muchos años.

Siempre pensé que era un marido de excepción. 
Un tipo sui géneris.

Con los años, me dí cuenta por mi mismo que no lo era tanto.
Pero aún así me apreciaba como mejor al resto. Y consideraba la fidelidad como algo de gran valor.

Posteriormente, entendí que la fidelidad no era algo que me diera un "valor agregado", sino que era algo que estaba sobreentendido, y que el que otros no lo sean y yo sí, no hace que sea mejor, sino que sólo estoy cumpliendo algo que me comprometí a cumplir.

Finalmente, al recorrer la web leyendo lo que dicen las esposas de sus maridos, las quejas que tienen, lo que les molesta, lo que les falta, he tenido que quitarme la venda de los ojos, y darme cuenta que -en realidad- soy un marido de lo más común y corriente. Uno más del montón.

Y no es agradable mirarse al espejo y reconocerlo.

Pero -agradable o no- tengo que aceptarlo.
No queda otra...

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21 noviembre 2011

De hombros dañados y enfermedades traidoras


Para responder a Neko, y -obviamente- para ilustración de cualquier otra persona que tenga curiosidad al respecto, haré un breve resumen de mi situación física/médica actual.

Padezco, desde siempre (porque es hereditaria), una enfermedad que produce procesos inflamatorios en todas y cualquiera de las articulaciones del cuerpo. Esto es, un mes puede afectarme el cuello (tal vez el lugar más afectado a estas alturas), otro las rodillas y al siguiente los dedos. Incluso, y aunque no es una articulación, los ojos, y me paso unos cuantos días viendo a medias. Estas sucesivas y continuas inflamaciones, con el paso de los años, van produciendo un deterioro de los tejidos, de modo que pueden ocurrir accidentes como el que tuve el año pasado, con los tendones del hombro izquierdo, que ni con la cirugía pudieron repararse, y como el que hoy me afecta, con la rotura total del supraespinoso del hombro derecho (el principal tendón de esa articulación).

Si vivo lo suficiente, ese deterioro de los tejidos llevará a que las articulaciones se vuelvan completamente rígidas, y ya no funcionen, cosa que pude apreciar en mi padre por años (y razón por la que no tengo interés alguno en vivir lo suficiente).

Si alguien pregunta (que siempre surge esa pregunta), si acaso no existe un tratamiento para esto, pues claro que existe. Y de hecho yo probé uno, bastante bueno y que me hizo mucho bien. La "gracia" de ese medicamento es que su efecto no es permanente, y tendría que pagar un tercio de mi sueldo cada mes, por el resto de mi vida, cosa que no puedo hacer. El tratamiento habitual es tomar antiinflamatorios, para reducir los problemas y el dolor -que no es menor, por cierto-, pero esto también tiene sus consecuencias, ya que tomar continuamente ese tipo de medicamentos te destruye el estómago, como prueban las gastritis y úlceras que se me producen cada tanto, y que el año pasado me tuvieron a dieta "blanca" casi tres meses. En resumen, tomo antiinflamatorios cuando ya no aguanto el dolor (que a estas alturas ya me he acostumbrado a soportar bastante) y tomo corticoides cuando la cosa pasa a mayores y no me deja moverme, o ver.

Es una enfermedad traidora y solapada, pues nunca sabes cuándo te va  atacar, y cuándo te dejará tranquilo por un par de semanas, de modo que a veces te  olvidas de ella, y no la recuerdas sino cuando quieres tumbarte sobre unos roqueríos para mejor fotografiar una garuma, o más aún, cuando -después de haberlo hecho- pretendes ponerte en pié de nuevo.

La conocía -mi enfermedad- de toda la vida, y ya estaba acostumbrado a ella. Lo que no me esperaba era que tuviera consecuencias como las de mis hombros, que podrían dejarme hasta sin trabajo, por no decir lo inútil que se siente uno cuando no puede llevar ni siquiera las bolsas de la compra.

De acuerdo con mi médico, voy a operarme el hombro derecho en un par de meses (una vez que haya cerrado el año en el trabajo), pero sólo porque es preferible hacerlo y esperar lo mejor, que no haberlo intentado en absoluto.

Y eso, así van las cosas.

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17 noviembre 2011

Gracias a Dios que tengo esposa...


Ayer fui a hacerme una ecografía del hombro

Preparé todo lo que tenía que llevar, yo solito, que no soy de esos maridos que hay que hacerles las cosas, no.

Tengo compañeros de trabajo cuya mujer tiene que hacerles todo, incluyendo prepararles el equipaje cuando se van a trabajar, y que se indignan cuando se les olvida algo.

Cosa así como: ¡esta mujer, que no me puso la toalla, no podré bañarme!, o bien: ¡no puedo hacer nada, mi mujer no me echó las llaves!

Yo siempre les digo que no pueden ser tan inútiles, que no hay derecho a serlo, y que está bien que tu mujer se encargue del lavado y planchado, pero el equipaje tiene que hacerlo uno, que nadie debiera saber mejor que uno mismo lo que necesita, ni se puede depender de la mujer para que te ponga las llaves, el celular o la billetera dentro del bolsillo. O sea, somos grandecitos ya como para poder hacer las cosas solos, ¿no?

Pero como bien dice el refrán, "en boca cerrada no entran moscas". 
Y así fue que hoy pasó algo que me calló la boca.

Fui a lo de la eco, como decía, y llevé todo: documentos, la citación, la ecografía anterior (de mayo), en fin, lo que necesitaba. Y mi negrita, siempre fiel, fue conmigo. Ya en camino, me preguntó si llevaba todo. Y yo, por cierto, le respondí no sin cierta molestia: "claro que sí, todo, ¿que crees?" Ella se quedó callada, pero tenía esa cara de duda, como si no me creyera mucho.

Llegados a la clínica, me atendió una chica, le pasé la citación, me pidió mi identificación, hizo el ingreso, me pidió que pusiera el dedo índice en el lector, para generar el bono de consulta, y me dijo: 

- Son $ 2.700.

Y yo me quedé mirándola, sin comprender qué me quería decir. ¿Cómo? le dije.

- Que tiene que cancelar $ 2.700, descontado el seguro.

Y entonces me dí cuenta, me puse pálido, registré mentalmente mis bolsillos vacíos, y miré mi billetera, que tenía sobre el escritorio de la chica, y supe que no tenía dinero...
Había llevado todo lo que debía llevar, excepto ese pequeño detalle.

Me dí vuelta en el asiento y miré hacia atrás, supongo que con la vergüenza reflejada en la cara, y llamé a mi negrita. Cuando llegó junto a mí, le dije cuanto era, y si tenía dinero.

Abrió la cartera, me lo dió -con cara de Ay, Señor- y se fue a su asiento.

La recepcionista me miró - a su vez- con una cara de "todos-son-unos-inútiles", que me hizo decir: 
Gracias a Dios que tengo una esposa...

Y ella sonriendo, me dijo: Al menos usted lo reconoce, eso ya es algo...

Siempre -admití- ¿cómo podría negarlo? 




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15 noviembre 2011

Un mundo sin Atlas...


Hace meses atrás, en mayo, cuando fui por última vez al traumatólogo, éste me dio una noticia que no me agradó, para nada, aunque bien sabía yo que se venía algo así.

Me dolía el hombro derecho, supuestamente  el que me quedaba bueno, después del fracaso de la operación del izquierdo.
De modo que me hice tomar una ecografía de ese hombro, y se la llevé al doctor. Me dijo que tenía un tendón ya con daños, y que en cualquier momento podría cortarse.
Me dijo que en tal caso, él no me operaría, pues habiendo visto que mis tejidos no permitían una buena recuperación (considerando los resultados del hombro izquierdo), no tenía caso operar.

Sólo restaba seguir viviendo, y cuidar en lo posible ese hombro, tanto como el otro, que seguía dañado.

Ahora, sólo seis meses después, en el trabajo, por una nada se me cortó un tendón del hombro derecho. Lo supe en cuanto sentí el dolor.
Recordé las palabras del doctor y no me quedó sino tomar algo para el dolor, y seguir trabajando.

Sólo me queda seguir adelante, como sea.

No soy un hombre que se amargue por algo así.
No soy un hombre que tema vivir de esta manera.
No soy un hombre que no pueda aceptar la realidad.
Por tanto, el que me haya pasado esto no me afecta gran cosa.

Siempre fui de los que hacen lo que deben hacer, de los que dan la cara y ponen el pecho a las balas. 
Siempre fui capaz de velar por los míos, y por otros no tan míos que nos rodeaban.


Lo que sí me afecta es tener que aceptar que este Atlas, que sostenía sobre los hombros a su mundo, ya no podrá hacerlo, en algún momento.
Aceptar que ese mundo se caiga de mis hombros porque no puedo ya sostenerlo, que ese mundo que tanto costó modelar y cargar por tantos años, 
se quiebre, 
se destruya, 
desaparezca, 
eso sí me amarga.
Eso sí me quita las ganas de vivir.
Eso sí es doloroso de aceptar.

El día que no pueda ya cuidar de los míos,
que no pueda ya hacer nada por los demás,
que necesite que se hagan las cosas por mí,
ese día 
ya no querré seguir.


No escribí esto para que alguien me diga lo siento,
ni para ser compadecido.
Lo escribí para que se entienda el por qué dejo ese nombre en mi blog,
y el por qué -muchas veces, las más de las veces-
aunque en el fondo sea sea un hombre optimista,
veo las cosas en negro y gris.


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12 noviembre 2011

Porotos...


No me agrada mucho la gente infiel, la verdad.
Y me molestan -definitivamente- quienes defienden la infidelidad argumentando que es lo normal, que responde a "necesidades sexuales del ser humano".

Sobre todo, me fastidia esa frase tan manida:
"No se puede comer sólo porotos todos los días."

Lo que es yo, sí puedo.
Y es más, me gustan los porotos,
de día,
de noche, a mediodía,
y cada vez que mi cocinera quiera servirme un plato...

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07 noviembre 2011

¡Una vaca!!



Hoy tocó llevar de paseo a los sobrinitos. (Cosas que le ocurren a uno cuando tiene una esposa que quiere nietos  y se tiene que conformar con sobrinos, por cierto).

Los llevé, con su papá y mi negrita, a un pequeño parque a la orilla del mar, y allí se pusieron a jugar como corresponde a dos niños de 4 y 7 años. Se hicieron de unos amigos y corrían entusiasmados tras una pelota.

Yo. por mi parte, me dispuse a hacer lo que cualquier tío de mi edad haría en un parque junto al mar. (Que no, que no es mirar a las chicas) Me acomodé bien en el pasto, e intenté dormir una siesta, por supuesto...

Y allí estaba, intentando dormirme a pesar del ruido y las risas de los niños, y casi lo había conseguido, cuando de pronto escuché un grito infantil, que me sorprendió mucho:

- ¡Una vaca!!! 

- Una vaca -repitieron los demás niños- mientras yo, incorporándome, pensaba:

¿Una vaca? ¿cómo una vaca? ¿una vaca, en la calle, en un parque costero de Antofagasta???  No puede ser, imposible.

Y miré alrededor buscando la razón de los gritos, mientras escuchaba la risa de mi negrita, y ahí estaba la vaca, de paseo con su dueño...


No era sino un enorme San Bernardo.

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06 noviembre 2011

Damn english!


Sí, el maldito inglés, como dice Cristina.

En nuestro país (o en la mayor parte de él) llega a ser desagradable esa tendencia a usar el inglés para todo, sin que -al mismo tiempo- haya una legítima preocupación por entender ese idioma.

Y así es que llamamos stickers a lo que deberíamos llamar autoadhesivos (no existe el término pegatina en este país), mall a los centros comerciales y notebook a los computadores portátiles.

Este afán por "norteamericanizarse" es tanto, que los padres ponen cada nombre a sus hijos, que da susto, existiendo hoy por hoy una docena de formas de escribir el nombre Michael, incluyéndose entre ellas Mykel y Maycol, porque quieren ponerles nombres ingleses, pero no se preocupan ni siquiera de verificar que esté escrito correctamente...

En el comercio -principal promotor de esta manía, podemos encontrar un sinúmero de Pubs, Shopping centers, Malls, Outlets y una serie de palabras que ni sé que significan. El extremo de esto es que aún los típicos almacenes de la esquina -de toda la vida- están también perdiendo el nombre. Ahora los llaman "Mini market". Y no me refiero a que alguien quiera llamar así a su almacén, no, me refiero a que existe en este país la patente comercial de Minimarket...


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04 noviembre 2011

¿Cómo? ¿Que no puedo tenerlo?

Por estos lares, se están poniendo de moda unos stickers para los autos, que describen a la familia que lo posee.
Así, algunos muestran a un papá deportista, a una mamá con muchas bolsas de compra, a un niño con una pelota o una chiquilla con un portátil. Se incluyen los perros y gatos que tenga la familia.




Sin embargo, no todo mundo los usa, ni a todos les gustan. Hay quienes incluso dicen que es un peligro, porque indica quiénes y como son los miembros de una familia.

Ayer iba conduciendo por una transitada avenida, cuando vi que el vehículo delante de mí tenía una extraña mancha en la patente. Como si hubiesen querido taparla con algo.  

Al siguiente semáforo, me acerqué lo más posible, para ver de qué se trataba (curioso que es uno), y no pude evitar sonreír (y sentir cierta ternura) al pensar en la autora de lo que allí estaba.

Motivada por el deseo de tener uno de esos stickers que sus padres no le permitieron, una  pequeña decidió hacerlo por si misma, y dibujó a su familia -gato incluído-  en un post it. Pero como el vehículo (un 4x4) era demasiado alto para ella, no alcanzó a llegar al parabrisas, todo lo más hasta la patente. De modo que allí lo pegó.

La imagen no se ve bien, que mi celular no es "de los buenos", pero el dibujo era algo así:


Hubiese querido decirle a ese conductor lo que llevaba en su patente, pero era una avenida muy transitada, y al parecer iba muy apurado. Yo en su caso, una cosa así, la habría guardado por siempre...



[Nota: Tal vez no era una pequeña, y sí un pequeño, y tal vez no era un gato, y sí un perro, que pedirle a mis ojos que vean bien un dibujo de ésos a esa distancia, es tanto como pedirle a mi celular que lo fotografíe...]

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01 noviembre 2011

El negro


Hace tiempo atrás, unos meses antes de mi accidente, iba conduciendo por el centro de la ciudad, con mi negrita (que no es negrita) al lado, cuando al acercarme a una esquina, de pronto, ella me toma el brazo y me dice: Mira!

Como habitualmente ella "me ayuda a conducir", indicándome que no haga esto o lo otro, bajé la velocidad hasta casi detenerme, buscando el peatón imprudente, el hoyo en el camino, el niño jugando o lo que fuera que tenía que mirar... y no vi nada, salvo un obrero un poco más allá, que estaba trabajando en el arreglo de las veredas.

Y entonces pregunté (lógico ¿no?):

- ¿Qué quieres que mire?.

La respuesta me sorprendió, completamente:

- Ese negro que está ahí ¿no ves? -mientras me mostraba al obrero que trabajaba arduamente al sol.

- ¿Qué pasa con él ? -dije yo-

- Que está buenísimo...

Juro que me dí vuelta a verla, como para asegurarme de que no me la habían cambiado en alguna parte.

Y después miré al tipo, que recién advertí era negro como el carbón, que estaba sin camisa y lucía como si lo hubieran hecho a mano, brilloso de sudor, con cada músculo perfectamente delineado y un porte que ya me quisiera yo tener la mitad de eso.

Seguí conduciendo, y cuando me volvió la palabra, pregunté:

- ¿Y cómo es que nunca me habías dicho que te gustan los negros?

-  Es que como no habían... -fue la respuesta.

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Esto lo he escrito antes de explicar (porque dados algunos comentarios a mi post anterior creo que debo explicar) que mi esposa no tiene problema en que mire alguna mujer, siempre y cuando -obvio- le de una mirada, y no la desvista con los ojos como hacen algunos. Y también (aunque pueda sorprender a alguien) me ha indicado más de una vez alguna mujer muy bonita, con un "no te la pierdas". Yo hago de la misma manera. Nunca la he celado (aunque alguna vez haya sentido celos), ni menos voy a molestarme porque mire a un tipo que por -donde se vea- está mucho mejor que yo.

Somos así, atípicos tal vez, pero lo importante es que no tenemos ninguna intención de dejar de estar juntos...

24 octubre 2011

La negra...


Andábamos de shopping, mi esposa y yo, hace unos días, cuando estaba de vacaciones en Iquique, en un gran Mall, donde puede uno encontrar de todo, y que da para pasarse un día entero recorriéndolo.

Yo, distraído, mientras ella miraba aquellas cosas que suelen interesarle a las mujeres (o sea, todo).

De pronto, me toma del brazo, y me dice:

- Mira, esa negra, qué bonita...

Obvio, yo miré de inmediato, a derecha, a izquierda, atrás, pero no pude ver ninguna negra cerca, ni bonita ni fea.Y se lo dije:

- Pero ¿cuál dices tú?, no la veo.

Y entonces ella, con ese tonito típico de esposa que habla con un marido tonto, me responde:

- Pero cómo no la vas a ver. Ésa, la negra, la que no tiene mangas...

Y me mostró una hermosa blusa negra que estaba en la vitrina, frente a nosotros.




[Sólo alegaré en mi defensa que uno, que en su vida vio a una mujer de raza negra porque en este país nunca hubo, no puede , no puede, evitar mirar alguna ahora que han llegado por docenas... ]


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21 octubre 2011

Insólito...



Entre tanto blog que leo, encontré este post, que me pareció muy interesante:




Todo un estilo de vida.


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19 octubre 2011

¿Quieres?



¿Cómo no convidar 
una mordida de tu pan
a un gato callejero,
si se nota
que tiene hambre?

La primera infancia.
Ese tiempo en que compartir
no es sólo un verbo más
que aprendimos en la escuela,
sino 
un acto natural.


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18 octubre 2011

Con correa

Andaba de shopping, ha unos días.
Distraído, miraba las vitrinas llenas, atiborradas de cosas extrañas, que le hacen pensar a uno: ¿hay quien compre cosas como esta lámpara? (que las hay en versiones musulmanas, budistas, etc.)


Iba por la mitad del pasillo, cuando de pronto un algo oscuro se me atravesó corriendo, y la correa que lo ataba se enredó en mis piernas, casi tirándome al suelo.

Buscaba a mi alrededor algo de que sujetarme para no caer, mientras maldecía interiormente a la dueña del animal aquél, porque -decía yo- a quién se le ocurre llevar un perro a un centro comercial, cuando sentí que alguien me tomaba del brazo. Miré, y era una mujer china, joven, que me pidió disculpas -al tiempo que se reía- y tirando de la correa, tomó en brazos al animalito.

Que en realidad no era animalito, sino un pequeño chinito, al que llevaba sujeto con una correa para que no se le perdiera.
Al que inventó usar esa correa en niños se le olvidó que -hoy en día- no son tan obedientes como los perros.


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17 octubre 2011

Tour par la France

Yo poco veo -o leo- las noticias.
Si no son un cúmulo de desgracias, son los comentarios sobre el fútbol o el dime que te diré de los políticos.



De manera que sólo ayer me enteré que ciertos jóvenes chilenos -dirigentes universitarios- andan de gira por Europa. Y no pude evitar pensar que, siendo así, es muy comprensible que el paro estudiantil continúe en este país, a pesar de los esfuerzos del gobierno por llegar a un acuerdo.
¿Cómo no? Después de todo, un tour por Europa no es algo que te regalen así como así.

¿Qué importa la situación de los demás estudiantes? ¿Qué importan todos aquellos que quieren volver a clases, que quieren comenzar el semestre siguiente? ¿Qué importa lo que suceda con las universidades, si no se inicia el semestre? Sea como sea, las universidades requieren de dinero para funcionar, y para pagar a sus  funcionarios, mismos que se han quedado en una situación falsa: tienen trabajo, mas no sueldo.
Pero, ¿eso a quién le importa?
Obviamente, cuando se anda de paseo por el viejo mundo, no se piensa en toda esa gente que no recibe su sueldo desde hace 4 o 5 meses. No se piensa en que no tienen cómo pagar sus deudas, la renta o el dividendo, no se piensa en que no tienen con qué alimentar a sus familias. 
¿Qué importa que alguno de ésos con trabajo y sin sueldo tenga que repartir pizzas para ganar algo con que dar de comer a sus hijos, cuando se está en París o en camino a Ginebra, bajo el brillo de las luces y en el objetivo de las cámaras?

Nada, pues. Sigamos en paro, que eso lo soluciona todo.

Sobre todo, cuando quienes lo dirigen tuvieron la precaución de congelar sus carreras universitarias antes de convocar a paro, para asegurar sus estudios, en tanto dejan que quienes los siguieron hace meses atrás pierdan un año así, tan tranquilos.  Digo hace meses, porque hace mucho que ya no representan sino a un  sector intransigente, mientras la gran mayoría sólo quiere retomar sus clases. No podrán hacerlo -por cierto- hasta que ciertos jóvenes se cansen de pasear, de posar para los fotógrafos, de ser el centro de la atención de todos.

Y eso, es difícil que ocurra.

Pasé por un colegio secundario, hace unos días. Un colegio "tomado" por los estudiantes, dizque en apoyo de los universitarios, dizque para "mejorar la educación". La puerta estaba abierta y allí se veían 6 o 7 estudiantes. Sentados -mas bien acostados- sobre las escaleras, cada uno con una chica sentada encima, besándose y acariciándose. Alimentados por sus padres -que los apoyan, por cierto- ¿cómo no van a estar en paro? ¿Podrían acaso querer  volver a clases y terminar con el relajo? No creo, es evidente su preocupación por el estado de la educación en el país...

Años atrás (bastantes), cuando estudié en la universidad, no era gratuita, sino que la pagaban sólo quienes tenían dinero para hacerlo. El que más tenía, más pagaba. Quienes teníamos menos, pagábamos menos. Quienes no lo tenían, no lo hacían. ¿Cuál era el problema de eso? Que tenía compañeros de carrera que llevaban 3 años repitiendo el mismo curso. Compañeros que una carrera de 4 años no la habían terminado en 7, y seguían allí, gastando dinero que no era de ellos. Los que podían pagar, tenían que solventar los gastos de muchos que no tenían ningún interés en estudiar, sino en vivir una "vida de universitarios", a costa de los demás y de sus padres.

Me pregunto: ¿Cuesta tanto entender que no puede cambiarse todo un sistema educacional de un día para otro?. Es que cualquiera sabe que eso toma años. También, que si se quiere mejorar la educación hay que empezar desde abajo. Ni un paro, ni diez, pueden cambiar la educación así como quien se cambia de camisa.

Pero eso, ¿qué importa, cuando se está de tour por Francia?

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14 octubre 2011

Sim, ja o sei...


Sí, ya lo sé.
Hice un desastre con el blog.
Pero qué se le va a hacer, el pobre se me atravesó en un mal momento -estaba deprimido- y pagó las consecuencias...

Lo peor es que no tengo ya ánimo para arreglarlo, de modo que tendrá que quedarse así.

13 octubre 2011

Besitos por docena


Entra al lugar con propiedad, pisando fuerte, como acostumbra hacer cuando lleva prisa, y con la impaciencia de quien quiere zafarse pronto de un encargo.
Pero su avance se vé frenado por el brusco silencio que produce el callarse las voces, y por los diez pares de ojos fijos en él. Diez pares de ojos femeninos, se debe añadir.
Algo de su seguridad se ha perdido, al enfrentar esas miradas interrogantes. Mas, como se ha quedado ahí, de pié, sin proseguir y sin articular palabra, los diez pares de ojos lo abandonan, el murmullo de voces se reanuda, y todos vuelven a lo suyo. Menos él, que se queda ahí, desconcertado.
En vano mira a su alrededor, buscando ayuda. No la hay. Ni siquiera una mirada casual se posa en él. Intenta hablar, decir algo, pero ¿cómo, si nadie le presta atención?
No sabe qué hacer. Empieza a pensar en irse, pero ¿dónde iría? Le pidieron específicamente que fuese allí. Del aplomo con que entrara no le queda nada. ¿qué se hace en estos casos?
De pronto, algo cambia. Una señora pasa a su lado, de prisa, como si él no estuviese de pie estorbándole el paso, y aún debe apartarse para no ser empujado.
Al  moverse, advierte que ahora sí hay alguien mirándolo. Es más, lo mira fijamente, desde un ceño fruncido. Se acerca a la dueña de esos ojos que parecen reprobar todo lo que hace, ¿o lo que no está haciendo?, y le dice, con voz algo insegura (Dios, ¿es que ésa es su voz?):

- ¿Tiene rosas?

- ¿Rosas?? Repite la mujer, como si mascara la palabra, y con evidente desagrado.

- Sí, rosas. Unas rosas así, pequeñitas, con tallo de alambre.

- Besitos, dice ella, cortante. Y se vuelve a tomar una caja de un estante, poniéndola luego abierta sobre el mostrador.

Y allí están, cientos de pequeñas rosas de los más variados colores.

- ¿Cuánto vale cada una? Pregunta, ya con más confianza, misma que perderá al instante siguiente, cuando la respuesta siga siendo seca y dura.

- No se venden de a una. Vienen por docena.

Se rinde, finalmente. Comprende que las cosas no mejorarán porque intente ser simpático.

- Déme 4 docenas, por favor. Azules, las necesito azules.

Ni una palabra más, salvo el precio al pasar por la caja. Paga, retira sus besitos y se va, con un algo amargo en la garganta.




(Eso me pasa por ir a comprar a una cordonería ¿será que es un recinto sólo para mujeres, y yo no me he enterado todavía?)

11 octubre 2011

Un regalo...



Generalmente (como dije una vez en un comentario) yo escribo sobre lo que he visto o vivido, pero algunas pocas (escasas) veces se me ocurren historias que no tienen que ver conmigo, sino que son fruto de mi imaginación. Una de estas raras ocasiones se presentó ahora, y escribí un breve cuento.

Quiero dárselo como un regalo a esas personas que suelen venir por aquí y afirman gustar de lo que escribo. Considérelo suyo quien quiera aceptarlo (incluye mi agradecimiento por sus visitas).

Y aquí está el cuento, aún caliente, como recién salido del horno:




[Sólo mis críticos literarios lo han leído, de modo que puede considerarse inédito]



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10 octubre 2011

Bajo los árboles...


Pasé el día sobre el pasto, bajo los árboles.
Un día de mi vida, sobre el pasto, bajo los árboles
Sin hacer apenas nada, sobre el pasto, bajo los árboles.

Sólo descansando, olvidado de todo.
El rumor del viento entre el follaje,
el canto de los pájaros,
sin otro ruido que las voces apagadas de algunas personas cercanas.

Lejos de la ciudad, en La Huaica,
a dos horas de viaje,
todo el día.
Haciendo nada,
salvo vivir,
todo el día.

Y ahora, ya en casa, al hacer el balance, no me pareció
-para nada- que hubiera perdido el tiempo.
Al contrario.



(Compañeras de ocio)

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08 octubre 2011

Nightmare...

Tuve un sueño, no muy agradable en realidad, antes de salir de vacaciones. Más que un sueño, una pesadilla, de la que no conseguía despertar.
Y es que no podía terminar bien, puesto que comenzó tan mal...  
El sueño comenzó encontrándome con ella.

Iba yo por la calle, y me la encontraba de pronto, sin aviso, sin manera de evitarla. Se veía como supongo que debe verse ahora. Vieja, cansada. Quise devolverme -que me hubiese visto no me importaba-, pero me volviese a donde me volviese, ahí estaba.
Hablábamos, o me hablaba, no recuerdo de qué, pero la conversación terminaba en que ella me decía que yo estaba enfermo, mucho. Que tenía cáncer.  Y que estaba mal. Y mientras esto me decía, yo iba sintiéndome realmente enfermo, me debilitaba, y ante mis ojos ella se veía mejor, más erguida, sonreía, y se veía más joven, volvía a ser la que era, la que había sido. Riendo, alegre, como entonces, me tomaba del brazo, y me llevaba...

Y de pronto ya no estábamos en una calle, sino en una casa que no era la mía, ni otra que conozca, y ella estaba a mi lado, siendo como era entonces (hace treinta años), y actuaba como entonces, disponiéndolo todo como entonces,  y puesto que yo estaba en cama, enfermo, haciéndolo todo para mí. Iba y venía, entraba y salía de la habitación, y yo veía agujas y sondas en mis brazos, y sangre en mi cama. Y ella hablaba y hablaba de nosotros...

Yo sólo quería salir de ahí, y pensaba en mi negrita buscándome, y no podía moverme ni levantarme. Por más que me esforzara, no conseguía incorporarme, me bañaba la transpiración, me ahogaba un calor sofocante, y nada podía hacer.

De pronto, todo cambió: ya no estaba acostado, sino de pié,  Tampoco estaba ella a mi lado, ni en una forma ni en la otra. Todo había desaparecido. Y ya no estaba en esa casa, sino en un lugar muy grande, algo como un enorme mercado, lleno de entradas y salidas, y buscaba cómo salir de ahí, pero cuando salía por una puerta, sólo me servía para volver a entrar por otra. Y aparecían más personas, que no conocía, pero que estaban dispuestas a ayudarme, y corríamos y recorríamos todo el lugar, subiendo y bajando escaleras interminables, que no llevaban a ninguna parte.


Ya no volvía a verla, ni temía encontrarla, pero me aterraba ver que hiciera lo que hiciera, no conseguía volver a casa...

En suma, uno de esos malditos sueños en los que uno despierta asustado, inseguro de todo, en que tienes que alargar la mano, y destapar a la mujer que está a tu lado, para asegurarte que sí, que es la misma, la correcta, la que debe estar ahí...

(Y sí, era...)

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07 octubre 2011

Con dos dedos de frente... o más.

Ayer andaba de shopping, cuando me crucé con un tipo como el de esta foto (no le tomé una foto porque me desagradó tanto, que no habría podido). No se veía tan así como éste, sino mucho peor. Su pelo daba vueltas y revueltas, de abajo arriba, de arriba abajo, de atrás hacia adelante, mal teñido por añadidura, horrible en una palabra.


Creo que nadie quedó indiferente al verlo, y muchas chicas se reían descaradamente. Yo miré a su mujer, que la llevaba del brazo, y ella tenía cara de ¿y yo qué puedo hacer? ya lo intenté...

La verdad, yo no soporto a los hombres que hacen estas cosas. Los desprecio profundamente. Y no vaya a creer alguien que hablo desde la falsa seguridad del que tiene una frondosa cabellera. No. Hablo con pleno conocimiento de causa.

Y, visto que hay que ser consecuente con lo que se predica, y estando ya dentro del tema, ampliaré el post hablando de mi personal experiencia en temas capilares:

Hace mucho tiempo, cuando estaba en la universidad y aún vivía con mis padres, me encontré un día con que se me caía el pelo, más de lo normal. Me preocupé, en un primer momento, pero luego miré a mi padre, pensé en mi hermano -12 años mayor-, después en mi otro hermano -6 años mayor- y lo tuve claro: esto es simple genética. Y de ahí en más dejé de peinarme hacia el lado, como me había peinado mi madre en mi infancia y como hasta entonces hacía "por defecto", y me peiné hacia atrás, que lo que uno es, es, y lo demás son tonterías.

Pasaron los años, y mi pelo y yo no teníamos problemas de convivencia, salvo que me volví más inteligente, pues tenía más de dos dedos de frente. De hecho, una vez que hice una campaña interna para ser representante de los trabajadores, mi slogan era:  "Tu representante debe ser un hombre con las ideas claras, un hombre con dos dedos de frente. Vota por mí, que tengo cuatro." 

En una época en que estaba usando barba cerrada (que periódicamente cambio de look: con barba, sin ella, con bigotes, etc), estaba en el trabajo y llegó un compañero a pedirme algo. Yo no le hice ningún caso, pues estaba muy ocupado. Molesto, me dijo entonces:

- Oye, Arturo Prat, hasta qué hora espero que me atiendas!!

Me sorprendió que me llamara así, en el primer instante, pero luego caí en el porqué, y acepté la broma, a pesar de que no estoy a la altura de Arturo, ni en los méritos ni en amplitud de la frente . (Arturo Prat es EL héroe naval chileno).

De ahí en más, en el trabajo pasé a ser "Don Arturo", y tanto así que nadie ya me llamaba por mi nombre, que más de algún trabajador nuevo llegó a mi oficina a pedirme algo, diciéndome: "Don Arturo, podría usted...". Obvio que yo los atendía igual, y no me daba la molestia de corregirlos, ya que ese apodo nunca me molestó. Uno sabe lo que es y lo que vale, tenga una buena frente o no.

Ese mote se perdió el día en que uno, más insolente, me dijo derechamente "pelado", y habiéndose atrevido uno, los demás también lo hicieron. Eso no me causó ningún disgusto, ni trauma alguno. ¿qué más dá?. Hasta el gerente que tenía hasta hace unos años me decía: "Oye, peladito" cuando quería pedirme que hiciera un trabajo. ¿Por qué iba a importarme? Lo que me interesaba es que supiera valorar lo que yo hacía, el empeño que ponía en mi trabajo. Y lo hizo, pues él fué quien me promovió y me dió un puesto de jefatura. ¿De qué valía que el gerente que llegó después me tratara con suma corrección, si no apreciaba mis capacidades?.

Hasta hoy, en el trabajo se me conoce como "el pelado", y aún me ha pasado que -estando con descanso y yendo por la calle, algún conocido me grite desde un lado a otro de la calle: "hola, pelado, cómo estás...", y eso no me acompleja, ni me avergüenza, ni me quita la alegría de encontrar a alguien que no has visto hace tiempo.

No. Tener menos pelo que otros no te hace menos en ninguna forma. ¿Que, tal vez, muchas mujeres no te mirarán dos veces? ¿Y qué? ¿No es acaso mucho peor que, como al tipo de ayer, te miren dos, tres y cuatro veces, pero sólo porque les parece ridículo tu peinado, y quieren reírse de él y de tí?.
Tener menos pelo que otros no me dificultó (de soltero) el tener amores, ni el encontrar una mujer que me quisiera y aceptara compartir mi vida. No me ha hecho menos en mi trabajo, ni en ningún lugar donde haya ido, ¿por qué entonces no ser como se es y ya?

Uno vale por lo que lleva adentro, el envase es sólo eso, un envase.

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